“La ciclovía es uno de los pocos lugares de la ciudad donde puedes observar una mezcla de todo —señala Peñalosa, que actualmente dirige Walk and Bike for Life, una organización canadiense que promueve un estilo de vida más saludable en todo el mundo—. Es el único lugar de Bogotá donde puedes ver al presidente de un banco con su familia en el mismo lugar y realizando las mismas actividades que la persona que limpia el piso del mismo banco. Es como un ejercicio de integración social. Jóvenes, viejos, gordos, flacos, ricos y pobres, todos pueden mezclarse.”
El sentido de “familia” ciudadana, en su máxima expresión, se vuelve más personal a medida que familias reales se toman un tiempo para estar juntas. No es extraño en absoluto ver grupos de familias, vecinos y amigos caminando, andando en bicicleta o deteniéndose para comer un bocadillo en uno de los tantos puestos que se extienden a lo largo de las calles y que venden jugos frescos y pulposa fruta madura. El equipo padre-hijo conformado por Jorge y Humberto Romero recorre una ruta de 12 millas a través de Bogotá, de Norte a Sur. Humberto, de 42 años, administrador, sostiene que su padre ama los domingos que pasan juntos en la ciclovía. “Por el aire, el ejercicio, la conversación”, afirma Jorge, maestro jubilado de 73 años, mientras se prepara para alejarse en su bicicleta.
Beneficios
Las investigaciones realizadas demuestran que la ciclovía genera beneficios tanto para la sociedad, como para el medio ambiente y la salud. “Las mujeres que concurren a la ciclovía son más proclives a ser físicamente activas durante el resto de la semana”, afirma Olga Lucía Sarmiento, Ph.D. de la Universidad de los Andes de Bogotá. Ella y un grupo de investigadores han estudiado los efectos de la ciclovía en la salud. En investigaciones adicionales, Sarmiento descubrió que los usuarios de la ciclovía presentaban una calidad de vida más alta que las personas que no estaban involucradas en esa actividad. Y no llama la atención que un estudio realizado sobre un área que se extiende a lo largo de la ruta de la ciclovía haya encontrado que, los domingos, hay una calidad de aire superior y un menor nivel de ruido.
Siguiendo el ejemplo de Bogotá, el número de ciclovías está creciendo en todo el mundo, desde Quito hasta París. “Lo llamamos una epidemia saludable”, comenta Sarmiento. En Estados Unidos, sin embargo, las ciclovías aún no se imponen. Algunas ciudades, como El Paso, San Francisco y Nueva York, organizan periódicamente eventos en los que no se permiten automóviles.
En Chicago, donde se organiza una ciclovía anual, más de 10.000 personas han demostrado que disfrutan del evento de “calles abiertas” de la ciudad. Leonor Cabello, de 69 años, nativa de Bogotá que ahora vive en Chicago, asistió en 2008 y trabajó como voluntaria en el evento de este año. “Aquí, en Chicago, la ciclovía es algo muy lindo —afirma—. Es una lástima que no se haga todos los fines de semana.”
En tanto Cabello extraña la ciclovía de su país, muchos de los que disfrutan pasar los domingos allí saben lo afortunados que son. “La ciclovía es lo mejor que hay para hacer en Bogotá —señala María Casas, una secretaria de 43 años que asiste todas las semanas con su madre—. Es un ejemplo para el resto del mundo. Nos ayuda a ser más felices, a conocer más gente, a hacer amigos y a ejercitarnos. Es algo muy bueno para todos nosotros.”
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