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Se ofrecieron como voluntarios en una escuela de Costa Rica, pero aprendieron más sobre sí mismos.

Estudiantes en Costa Rica

— Karen Budd

Anabeth me dice que si alguna vez tenemos hijos, y tenemos una hija, podríamos llamarla Anabeth.

Me sorprende cuán cómodo nos sentimos después de sólo una semana. Nuestro mayor desafío ahora es la hiperenérgica clase de primer grado. A diferencia de los niños más grandes, que son muy formales —cuando algunos varones de cuarto grado se ponen muy chillones, una niña les grita: «¡Silencio!»—, los de primer grado zumban alrededor del aula, gritando y saltando sobre los muebles. Así que cantamos canciones que hacen que usen sus cuerpitos de alto octanaje, y empezamos con «Head, shoulders, knees and toes» (cabeza, hombros, rodillas, dedos de los pies), una cancioncita inglesa que todos ellos conocen. Mientras uno canta, tiene que ir tocando la parte del cuerpo que menciona la canción. Nos ponemos en círculo y cada vez que cantamos la canción, la vamos acelerando hasta terminar en velocidades ridículas. Es tan gracioso que aumenta sus niveles de energía.

Karen y yo les revelamos un nuevo tema musical en la Escuela Cuestilla: «The Hokey Pokey». Colocamos nuestras manos hacia dentro, sacamos nuestras manos derechas hacia fuera, y las sacudimos bien fuerte. También lo hacemos con los pies, los codos, los mentones, las caderas y —lo último en la comedia de primer grado— ¡los traseros! Mientras bailamos el Hokey Pokey, un grupo de alumnos más grandes, perplejos, se quedan del otro lado de la ventana para ver el aula. En cuanto a nuestros esfuerzos por consumir energía, lo logramos. Karen y yo estamos exhaustos.

Los fines de semana son la gran oportunidad para que los voluntarios dejen la ciudad y recorran el país, así que viajamos con otros nueve voluntarios a Monteverde, un pueblo de montaña aislado. Lo más destacado es la tirolesa —se baja zumbando como el Hombre Araña­ por cables, a velocidades cercanas a las 45 MPH, planeando sobre los árboles de la selva tropical—, aunque no es para nada tan selvático como el viaje entre baches por caminos atestados de cráteres hacia el propio Monteverde. Imagínense un terremoto de cuatro horas sobre ruedas.

Dada la naturaleza de terremoto que caracterizó las dos semanas enteras, le pregunté a Karen si lo haría de nuevo. Estamos de acuerdo con que implica más trabajo del que creímos, pero estoy seguro de que —una vez que nos recuperemos— volveremos a zambullirnos en una nueva aventura como voluntarios. Nunca antes disfrutamos un lugar del extranjero en un nivel tan íntimo, tanto a través de los programas culturales del CCS —lecciones de historia, comidas locales de arroz con frijoles— como por lo que nos conectamos con los niños.

Nuestro momento más conmovedor fue el último día, en una reunión al aire libre. Alexander, un chiquillo dulce y rellenito que podría ser la estrella de la versión costarricense de The Little Rascals (Una pandilla de pillos) iza la bandera sobre el mástil. Algunos niños presentan un proyecto de ciencias; el director da un discurso. Karen me codea; «creo que está hablando de nosotros», dice.

El director nos llama a un área tipo cobertizo que hay frente a nuestra aula. Una de las niñas entrega a Karen un pequeño regalo envuelto en papel de seda, y Johan, un niño inteligente y excelente jugador de fútbol, me entrega uno a mí. Es un llavero con fotos: de un lado, la escuela; del otro, Karen y yo con algunos chicos. Todos aplauden. Karen se seca una lágrima.

Cuando llega la camioneta para llevarnos, estamos hundidos en medio de niños sonrientes. Hay besos, apretones de manos, abrazos.

La camioneta baja retumbando el camino de ripio, y las manos que nos saludan van empequeñeciéndose. De vuelta en casa, Karen y yo volveremos a hablar de los hijos. Poco habrá cambiado. Pero hoy estamos más cerca uno del otro. Nos hemos visto jugar y trabajar de una manera nueva. Para mí, el verano en la escuela le ha dado un toque de primavera a mi corazón. Al ver el gozo en esos niños, he llegado a creer en que existen opciones. Estuvimos en Costa Rica en un intento por dar, pero es mucho más lo que nos ha sido dado, y por eso decimos gracias.

Ken Budd redacta artículos para AARP The Magazine.

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