Además de sentir que no estoy en absoluto calificado para la tarea, he aquí mi otra preocupación: ¿es posible hacer una diferencia en la vida de alguien en dos exiguas semanas? CCS sostiene que puedes hacer una diferencia por el simple hecho de hacerte presente. En las partes más pobres del mundo, es más probable que los padres manden a sus hijos a la escuela —en lugar de a trabajar— porque los voluntarios extranjeros dan prestigio a la escuela.
No estoy seguro de cuánto prestigio le estamos aportando a la Escuela Cuestilla. Después de dos días —dictamos tres clases por la mañana y planificamos lecciones por la tarde— buscamos ideas con desesperación. La ayuda llega de la maestra y voluntaria Cherie, quien sugiere un enfoque del tipo espectáculo de variedades. «Hagan cosas activas y divertidas», sugiere. «Canten canciones. Entréguenles tarjetas con palabras escritas en ellas y díganles que pongan la tarjeta sobre el objeto».
Así que introducimos el factor entretenimiento en nuestras lecciones. Hago tarjetas con los niños, y soy de lo más efusivo cuando aciertan: aplaudo, suspiro, exclamo: “¡Oh!” y “¡Ah!”. Nos convertimos en los Martin & Lewis —de la saga de comedias estadounidense protagonizada por Dean Martin y Jerry Lewis— de los educadores. Les damos rompecabezas —Karen prepara excelentes búsqueda de palabras— y organizamos un apasionado juego de bingo que llena el aula de niños que aullan.
«¡Veintisiete!», grito mientras me pavoneo delante del pizarrón con mi mejor paso a lo Groucho [Marx]. «¿Quién tiene el 27?»
La estridente aula estalla en bullicio, luego gana silencio mientras los niños esperan el próximo número.
Quizás estemos empezando a agarrarle el truco.
Me enamoro de los niños; Karen también. Muchos de los chicos provienen de familias monoparentales —a menudo, sus padres se han ido, en algunos casos porque son trabajadores agrícolas itinerantes; y en otros, por la droga—, y me han advertido que los chicos pueden llegar a llamarme papá. Eso nunca ocurre, aunque un niño llamado José se mantiene constantemente pegado a mí. Resulta un tanto desconcertante. También le gusta fingir que es un perro. Un día, mientras conversaba con el director de la escuela, José estaba detrás de mí, con sus brazos rodeando mi cintura mientras ladraba a mi espalda. El director siguió hablando. Supongo que esto es normal.
Una niña siempre sonriente, Anabeth, se ha convertido en una de mis preferidas. Karen y yo habíamos escrito unos números en el pizarrón, y Anabeth me pregunta cuántos años tengo, una de las pocas oraciones que puedo traducir rápidamente. Con un gruñido, le respondo susurrando. Se ríe, sacude su cabeza negativamente y señala el «30». Una niña lista.
Muchos de los niños me preguntan si Karen es mi esposa. Y yo siempre digo que sí, suspiro como soñando y les echo una mirada a lo Ryan O’Neal en Love Story (Historia de amor). Un día, después de clases, Anabeth me pregunta en español si Karen y yo tenemos hijos.
No, le respondo. Y fuerzo una sonrisa.














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