“Durante los primeros años, el candombe era tocado exclusivamente por los negros— afirma Alejandro Prieto, percusionista y fabricante de tambores—. Expresaba la ira que sentían”. Al inicio, la élite blanca rechazó e, incluso, hasta prohibió la música africana por considerarla como una amenaza a la moral pública; incluso a veces, los participantes recibían fuertes castigos. Así, los uruguayos negros (189 mil, de los 3,4 millones de habitantes) fueron víctimas de discriminación social, política y cultural.
“Muchos uruguayos consideraban el candombe como música de gente pobre o de las personas descalzas que mendigan en la calle —expresa el músico de este género, Eduardo Da Luz—. Le tomó mucho tiempo lograr ser aceptada aquí”.
El ritmo musical cobró mucha popularidad a finales de la década de los años 60, cuando los músicos la mezclaron con canto popular, un estilo folclórico que incluye cantantes y guitarras. Durante la dictadura militar de Uruguay (1972–1984), el candombe fue la música de la resistencia política. “Con el paso del tiempo— destaca Prieto—, los blancos se fueron interesando, y las puertas comenzaron a abrirse. Ahora no hay raza ni clase ni género dentro del candombe”.
De hecho, el ritmo es uno de los bailes nacionales de Uruguay, junto con la murga y el tango. El mejor momento para disfrutar del candombe es durante el carnaval, el cual, por regla general, comienza a finales de enero o principios de febrero, y dura más de un mes, el más prolongado de su tipo en todo el mundo.
Actualmente, las ceremonias Candomblé continúan, comúnmente, en hogares que sirven también de iglesias. El domingo que actúa el grupo Fuerza Candombera en Montevideo, en otro barrio cercano, los residentes encienden velas y hacen ofrendas en una iglesia informal del rito Candomblé. Algunos aspectos del culto aún permanecen secretos.
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