Cambio de profesión

Segundo turno: una carrera en enfermería

Descubre por qué estas 4 personas cambiaron de ocupación para dedicarse a cuidar de los demás.

In English | La satisfacción de salvar vidas no es poca recompensa. Tal vez ese sea el motivo por el que el cuidar de los demás estimule el altruismo en todos nosotros. Y la necesidad es enorme, ya que EE.UU. enfrentará la falta de más de 900,000 enfermeros titulados para el 2030. Tal vez sean los trabajadores de edad avanzada quienes tengan que hacerse cargo de esa tarea. La edad promedio de los enfermeros titulados al momento de graduarse es “notablemente alta”, informó el U.S. Department of Health and Human Services (Departamento de Salud y Servicio Humanos de EE.UU.) en el 2010.

Mira también:  Cómo enfrentar el mercado laboral después de los 50.

Si bien la paga es aceptable (alrededor de $51,000 en promedio para estudiantes de enfermería de nivel básico), los cuatro enfermeros aquí reseñados tuvieron alguna motivación adicional: “Tuve la sensación de que verdaderamente podía marcar la diferencia”, sostiene una de ellos, exjuez.

A aquellos que se sienten atraídos por el deseo de ayudar a los demás, generalmente no les toma mucho tiempo graduarse. Hay más de 200 escuelas de enfermería que hoy ofrecen a alumnos con título de grado una vía rápida a la graduación que demanda de 12 a 18 meses.

Todos los enfermeros citados en estas páginas se iniciaron en la profesión a edad avanzada. Quizá sus historias puedan inspirarte para que te permitas reimaginar tu propia vida.

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Edward Moriarty, bombero - Segunda carrera de enfermería

Edward Moriarty se convirtió en enfermero titulado en Nueva York, después de los ataques del 11 de Septiembre. — Ryan Pfluger

EDWARD MORIARTY

Edad: 61
Empleo actual:
Enfermero titulado, Servicio de Enfermeros Visitantes de Nueva York
Ocupación anterior: Jefe de personal del Cuerpo de Bomberos de Nueva York

Una vez que concluyeron los funerales de innumerables amigos y la brutal conmoción del 11 de Septiembre cedió para convertirse en un punzante lamento, Edward Moriarty notó que algunos de sus colegas jubilados del Cuerpo de Bomberos de Nueva York con los que se topaba tenían “la misma mirada perdida en sus ojos”. Esa mirada perdida desconcertó a Moriarty, que prestó servicios como uno de los coordinadores logísticos clave del departamento, durante y después de los ataques. No solo perdieron un montón de amigos el 11 de Septiembre, observa respecto de algunos colegas luego de jubilarse, sino que “de repente, también se habían quedado sin el Cuerpo de Bomberos”.

Al jubilarse, en el 2006, después de 27 años en el Cuerpo de Bomberos como jefe de personal, Moriarty podría haber conseguido fácilmente un cómodo cargo como director de seguridad contra incendios de alguna gran corporación. Sin embargo, él siguió comprometido con el servicio público y encaró una segunda carrera en enfermería. Moriarty, un hombre reflexivo que parecería haber engañado a la muerte (su jefe y mucho de los que trabajaban con él murieron el 11 de Septiembre), siempre admiró a los enfermeros; de hecho, se casó con una enfermera. Él considera que ambas actividades tienen requisitos similares y, a modo de ejemplo, cita dos que son comunes a ambas profesiones: el “instinto de rescatar” y la habilidad para mantener la calma en situaciones de crisis. “Tienes que estar concentrado —dice Moriarty con acento de Brooklyn—, no importa la situación. Siempre que vas a combatir un incendio, subes seis pisos por escalera, con todo tu equipamiento, secretando adrenalina, y tienes que decirte: ‘Ok. Respira. Relájate’”.

Moriarty, que asistió a la escuela de enfermería por las noches y los fines de semana mientras continuaba prestando servicios en el Cuerpo de Bomberos, hizo su entrenamiento en hospitales, pero prefiere tratar a los pacientes en sus domicilios. Él asemeja a los enfermeros visitantes con invitados especiales. “Cuando estás lidiando con alguien en el hospital, eso es un tipo de enfermería”, expresa. “Pero cuando entras en la casa de la persona, es otra historia, porque es su casa y son sus reglas”.

Actualmente especializado en cuidado de heridas, Moriarty valora la relación que desarrolla con sus pacientes habituales. “Eso es lo lindo del cuidado a domicilio. Llegas a conocer verdaderamente al paciente”.

La enfermería lo habría ayudado como bombero, ya que ahora comprende mejor la complejidad de la “experiencia humana”, señala. Como bomberos, “atendíamos emergencias y hacíamos lo mejor que podíamos, pero después nos íbamos”, cuenta Moriarty. “Cuando estaba [trabajando] en cuidados de hospicio, veía a los miembros de la familia después de que el padre o su esposa habían fallecido, y ellos se acercaban a mí como si yo fuera su mejor amigo. Esa es una experiencia completamente diferente”.

Tracy Gordon Fox, periodista - Segunda carrera de enfermería

La experiodista Tracy Gordon Fox descubrió una actividad reconfortante al cambiar de profesión. — Ryan Pfluger

TRACY GORDON FOX

Edad: 50

Empleo actual: Enfermera de Sala de Emergencias, Hartford, Connecticut

Ocupación anterior: Periodista, sección policial del Hartford Courant

Durante los últimos años de Tracy Gordon Fox en la movida criminal en el Hartford Courant, los paquetes indemnizatorios que ofrecía el periódico comenzaron a resultarle cada vez más atractivos.

El ambiente en el complicado periódico desanimó a la periodista de tantos años, una mujer de pelo castaño y largo, que no sabía valorarse, que se menospreciaba a sí misma y que se ve y suena un poco como Valerie Harper en la época en que interpretaba a Rhoda.

Para el 2008, “me sentía infeliz”, cuenta. Los editores la desanimaron a encarar proyectos como la aclamada serie del 2002 sobre el uso de heroína en un pueblo próximo a Hartford. Esa investigación plantó la semilla de su carrera en enfermería.

Poco después de que uno de los adictos a los que Fox había seguido por allí falleciera por una infección de transmisión sanguínea, la novia de este, también drogadicta, empezó a volar de fiebre y a “toser alquitrán negro”, recuerda Fox, quien dice que su instinto maternal surgió. Sabía que la joven adicta necesitaba atención de inmediato. Le preguntó al fotógrafo del Courant: “¿Nos limitaremos a documentar esto o vamos a conseguirle ayuda?”.

Fox convenció a la mujer, que padecía la misma infección que había matado a su novio, que fuera a una sala de emergencias, lo que probablemente salvó su vida. Pero sus jefes la regañaron por no mantener una distancia profesional. “No me iba a quedar viendo cómo moría esa joven”, asegura Fox.

En el 2008, después de presenciar la forma en que unas enfermeras cuidaban de su madre y de su hija enfermas, Fox aceptó una indemnización del Courant. Actualmente trabaja en el Saint Francis Hospital and Medical Center, y asegura que, en comparación con lo que hace ahora, un día normal de un periodista es “pan comido”. Ella señala que ya no puede depender de las correcciones para salvar errores.

Ocasionalmente, Fox remienda a algún delincuente en la sala de emergencias, pero son pocos los pacientes que le causan problemas. Ella cree que hay una razón para que así sea: las enfermeras son mucho más apreciadas que los periodistas. “Ahora, gracias a mi identificación de enfermera, recibo muchas más muestras de respeto —confiesa, mientras se coloca una identificación con fotografía en su cinturón— que las que jamás recibí por mi pase de prensa”.

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