Una willistoniana de toda la vida, Mary Lou Sundby, afirma que fue un “milagro” que ella y su marido, ambos de setenta y tantos años, consiguieran un apartamento en una residencia local para la tercera edad después de que el precio de su alquiler casi se triplicara el año pasado. Algunos de sus contemporáneos se han ido del pueblo. “Nadie nos quiere. Los mayores eran muy respetados en el pasado, pero hoy se ha revertido completamente ese sentimiento”, agrega Sundby.
Algunos de los recién llegados van echando raíces. Kris y Keith Borgeson, ambos promediando los 50, llegaron desde Minnesota hace un año, después de que su negocio de estufas a leña colapsara y los pagos de la hipoteca se les vinieran encima. “Apenas sobrevivíamos”, dice Kris. En 24 horas, ella tenía un trabajo como vendedora en una concesionaria Ford. Keith subió el rango de su licencia de conductor comercial y encontró trabajo como conductor de camiones de combustibles para una empresa petrolera por $120.000 al año, puesto que encontró por internet. La pareja, que tiene cuatro hijos, está reubicando su negocio y comprando una casa.
“La gente en casa está sorprendida”, afirma Kris. “Preguntan cómo podemos hacerlo a esta altura de nuestras vidas. Pero si no nos estuviera ocurriendo esto de Williston, la vida sería muy deprimente”.
Martha Reynolds, de 53 años, dice que ella y su marido, Don, de 61 años, también han encontrado una muy necesaria segunda oportunidad en Williston. “No hay nada de trabajo en este país, en especial para las personas mayores. Si vienes acá, puedes trabajar”, afirma Reynolds.
La pareja, que vivía de su trabajo en el sector de la construcción en Las Vegas, llegó a Williston alrededor de un año atrás para trabajar para un contratista de viviendas. Pararon en un campamento durante seis meses antes de mudarse a un condominio de 800 pies cuadrados.
“Seremos demasiado viejos para trabajar para cuando las cosas bajen su ritmo en este lugar”, afirma Reynolds. “Sin duda, es la última cosa importante que haremos”.
Reynolds explica que el estilo de vida no es para todos. “No puedes venir acá sin estar preparado. Debes contar con un vehículo con tracción en las cuatro ruedas, seguro y un lugar donde vivir”, indica. “Es sumamente frío. Conseguir vivienda es imposible. No hay nada que hacer más que trabajar”.
Kay Muchow lloró hasta dormirse durante dos semanas, después de mudarse a Williston en octubre último para ocupar un puesto manejando la sección de productos gourmet de un supermercado. Había quedado cesante de un puesto similar en Northfield, Minnesota, y la había contactado un encargado de contrataciones para que se presentara para un puesto en el Economart local. La tienda provee vivienda a sus empleados.
“Me tendía allí y me preguntaba si había tomado la decisión correcta”, comenta Muchow, de 52 años. Extrañaba a su familia, sus amigos, sus actividades culturales, incluso salir de compras. “Walmart es todo lo que hay”, dice. Las mujeres con las que andaba en motocicleta en Minnesota bromeaban acerca de todas las opciones de citas que encontraría en Williston, pero Muchow dice que la elevada proporción de hombres respecto de las mujeres a veces la hace sentir incómoda.
Y sin embargo, le ha empezado a gustar el lugar. Ha forjado amistades y disfruta de explorar el vecino parque nacional Theodore Roosevelt. Ahora, su hijo y la novia de éste tal vez se muden a Williston desde Minnesota en busca de mejores trabajos.
“Al principio, creí que esto era por un corto plazo”, comenta Muchow, “pero ahora puedo verme pasando el resto de mi vida en este lugar”.
Anna Seaton Huntington es una escritora independiente que vive en las Black Hills de Dakota del Sur.
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