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Adicto a Facebook

¿Es posible tener demasiados amigos? Aquí está alguien para comprobarlo.

Adicto a Facebook

— Chris Mueller / Ilustración: Bryan Christie Design

De seguro, este tipo de foros abiertos lleva a un montón de tonterías narcisistas, pero también genera maravillosos disparates estrafalarios. El día de la ceremonia de inauguración, mi hijastro, Clay, y yo nos vimos atrapados en una multitud y tuvimos que luchar durante horas en el frío helado para poder pasar por la entrada para boletos púrpuras y escuchar el discurso de Obama. Al día siguiente, un nuevo grupo de Facebook, llamado “Sobrevivientes del Túnel púrpura de la muerte”, detallaba las angustias de miles de portadores de boletos que estuvieron atascados en el paso inferior de la autopista, durante la ceremonia. Otro grupo, más irónico, apareció ese mismo día celebrando “El sombrero del día de la ceremonia de inauguración de Aretha Franklin”.

De todos modos, lo que realmente me enganchó en Facebook fue esa cosa de “amistar”, el adictivo proceso de hacer amigos nuevos y reconectarse con los viejos por internet. A punto de celebrar mi cumpleaños número 60 —y con el inevitable presentimiento de mortalidad que esto conlleva—, me consumió un incontrolable impulso por reconectarme con todos los que alguna vez conocí. A lo largo de mi vida, siempre me resultó sencillo hacer amigos, pero nunca fui bueno en el cuidado y la dedicación que la verdadera amistad requiere. A diferencia de Barbara, quien es maestra en el arte de cultivar un estrecho círculo de amistades, siempre permití que mi obsesión por el trabajo consumiera la mayor parte de mi tiempo y mi energía. Ahora, algo interior me estaba diciendo que me detuviera y prestara atención. Quizás Facebook pudiera ser la respuesta, un atajo para revivir las amistades que, por mucho tiempo, se habían marchitado por la falta de atención.

Poco después de nuestra aventura del día de la ceremonia de inauguración, desafié a Clay a una carrera para ver quién podía acumular la mayor cantidad de amigos. Clay era novato en Facebook, pero al ser un fotógrafo de 37 años, con amigos por todo el mundo que ya estaban en Facebook, contaba con una gran ventaja, y, en pocos días había conseguido 100 amigos, y la cuenta seguía aumentando. Mientras tanto, a pesar de todos los informes de los medios acerca del reciente aumento del interés por Facebook entre los boomers, yo estaba luchando para encontrar posibles amigos.

Para mis primeros 100 amigos, recogí todos los miembros de la familia que mi hermano Dennis, usuario antiguo de Facebook, había reclutado; docenas de colegas del trabajo y una multitud de escritores y editores que sabía que habían adoptado Facebook hacía tiempo. Luego se puso más difícil. Revisé la lista de mis compañeros de la escuela secundaria en Facebook (¿Quiénes eran esas personas?). ¿Compañeros de universidad? (Lo mismo). Repasé hoja por hoja mi vieja libreta de direcciones, buscando direcciones de correo electrónico de amigos perdidos hacía tiempo. (Nada).

Después de unas pocas semanas de presenciar cómo Clay me aventajaba, comencé a tomar a cualquiera que fuera amigo de un amigo y no pareciera un ex convicto. Mi treta más exitosa fue robar amigos de las listas de otros amigos. Así fue como conseguí a Hugh Dos, quien era amigo de un amigo de California que tiene más de 2.000 celebridades en su lista. Estaba en el cielo de Facebook.

Finalmente, el interés de Clay aflojó. Cuando le envíe un correo electrónico diciéndole que había alcanzado los 300 amigos, me contestó: “Eres un semental de Facebook”, y, en silencio, se reconoció derrotado. No era la primera vez que escuchaba ese término; es un título honorífico bastante común entre hombres en el país de Facebook. Viniendo de Clay, era especialmente gratificante.

Entretanto, Barbara estaba perdiendo por completo el control. No podía entender por qué dedicaba tanto de mi valioso tiempo libre para perderme en una búsqueda obsesiva que, desde su punto de vista, tenía tanta vitalidad como cambiar los canales de la televisión. Comparaba mi coqueteo con Facebook con la lamentable búsqueda de un playboy de mediana edad, que abandona un vida perfectamente buena sólo para saber cuántas conquistas rápidas podía añadir a su cuenta.

Para ser honestos, Barbara tenía razón. Los domingos en los que solíamos dar largas caminatas por el parque, visitar museos o cenar tranquilamente en nuestro restaurante favorito, al final de la calle, se habían esfumado. Había abandonado mi auténtica pasión —la pintura al óleo— y no había terminado de leer un libro en meses. Un domingo, después de haber perdido el día entero en Facebook, Barbara intentó un acercamiento de amor honesto: “Odio decir esto, querido, pero realmente necesitas ayuda. Debe existir un psicólogo con el que puedas hablar. Este pequeño vicio tuyo no es bueno para nuestro matrimonio”.

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