Salud Cerebral

Memoria: La mía, ¿es normal?

No lograba determinar si estaba distraída o si me faltaba un tornillo, así que recurrí a un laboratorio cerebral para averiguarlo.

El ejercicio físico y el tamaño del cerebro

Me dirijo a la siguiente sala de exámenes, donde me espera una bicicleta fija. Un examen de estrés evaluará cuán bien mi sistema cardiovascular alimenta mi cerebro.

El ciclismo nunca ocupó un lugar preferencial en mi lista de actividades favoritas, y me gusta aun menos cuando tengo los cables del ECG pegados a mi pecho. A pesar del empeño por alentarme que pone la fisióloga del ejercicio Michelle Barnett —y me alienta mucho—, sus palabras no logran distraerme del hecho de que lleva una camiseta muy mona sobre sus tonificados abdominales mientras que yo no tengo ni la camiseta ni los abdominales.

Y sin embargo, el ejercicio hace que mi corazón bombee un poco más rápido, y eso es bueno. Según el psicólogo Arthur Kramer, con un doctorado de University of Illinois en Urbana-Champaign, el ejercicio físico es uno de los mejores obsequios que uno puede hacer a su cerebro.

Unos años atrás, Kramer persuadió a un grupo de adultos mayores de que emprendieran un régimen de ejercicios relativamente modesto, según el cual debían caminar tres días a la semana durante 45 minutos cada vez. “Nadie se ganó una medalla”, dice Kramer, pero los caminantes demostraron una mejora importante en los exámenes cognitivos al final del año que llevó el estudio. Es más, los electroencefalogramas arrojaron un aumento de un 2 % en el tamaño del hipocampo.

Debido a que el hipocampo, en términos generales, se reduce alrededor del 0.5 % al año después de los 50, los sujetos no solamente disminuyeron el paso del tiempo, sino que lo revirtieron. “Si contáramos con un medicamento que lograra eso, se pagaría mucho por él”, afirma Kramer. “Pero esto no cuesta nada. Solo salga a caminar”.

Un flujo sanguíneo óptimo es clave

Una vez finalizado mi examen de estrés y de recuperar mi camisa, recorro el pasillo para reunirme con un técnico de radiólogía. Me recuesto en una mesa de examen mientras él pasa una vara de ultrasonido de arriba abajo por el costado de mi cuello. 

Un zumbido rítmico llena la habitación. Es el sonido de la sangre en una de mis arterias carótidas, principales alimentadoras de mi cerebro. La placa puede obstruir estas arterias, al igual que puede tapar las arterias que conducen al corazón. Y así como un coágulo en una arteria coronaria puede causar un ataque cardíaco, uno en la carótida puede causar un derrame cerebral. Incluso por un bloqueo parcial, su cerebro podría terminar funcionando con sus facultades reducidas. De modo que el técnico chequea cómo se mueve todo, y me alegra enterarme de que mi sangre fluye libremente.

Más tarde, también recibo buenas nuevas después de someterme a un electroencefalograma, una prueba que conlleva cubrir mi cuero cabelludo con una sustancia viscosa y ponerme un casquete repleto de electrodos que rastrea mis ondas cerebrales.

Meditación para relajarse

A esta altura, ya estoy lista para tomarme un descanso, y afortunadamente es tiempo para "Relajación 101". En el instituto, casi todos aprenden meditación de atención plena con la directora de entrenamiento cerebral Eylem Sahin.

Las investigaciones arrojan la tentadora sugerencia de que esta práctica puede ser buena para la memoria. Es simple, aunque no necesariamente fácil: todo lo que se necesita es una conciencia relajada de los propios pensamientos, sensaciones y emociones. Sahin me ayuda a perfeccionar la respiración abdominal mientras me visualizo en una pradera remota y me concentro en ir relajando progresivamente mi cuerpo, desde mis pies hasta mis cejas. Sahin dice que estoy aprendiendo simultáneamente a enfocarme y relajarme, pero yo siento como si estuviera dando a mi mente un buen baño relajante. Ah...

Y con esto concluye mi día.

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