Cathy Cleaver sabía que el momento llegaría.
Ya en el preescolar, su hijo Evan quería ingresar en el Ejército de EE. UU. Luego de los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001, el compromiso de Evan creció.
Concurrió a la universidad mediante una beca del ROTC (Reserve Officers Training Corps – Cuerpo de Capacitación de Oficiales de la Reserva). Durante los entrenamientos, sistemáticamente superaba a experimentados Green Berets (Boinas Verdes) en las prácticas de montañismo y otros ejercicios. La primavera pasada, se graduó entre los primeros de su clase en una de las especialidades militares más peligrosas e importantes: conducir una unidad de desactivación de explosivos, el tipo de expertos que desmantelaban bombas a los costados de los caminos en la película The Hurt Locker (En tierra hostil).
Inmediatamente después de Memorial Day (Día de los Caídos), el primer teniente Cleaver, de 25 años de edad, se desplegó a Afganistán.
Cathy Cleaver, de 54 años, no podía parar de llorar.
“Tuve seis años para prepararme para esto”, dice Cleaver. “Estábamos en guerra, y sabía que él iría a combatir. Pero no importa cuánto te digas a ti misma que estás preparada, cuando llega el día y tu hijo es enviado a combatir por su país, te pega como si te cayera una pared encima. Y te das cuenta de que no estás tan preparada como pensabas”.
Cleaver no se podía concentrar en el trabajo y tuvo que pedir una licencia en su empleo como enfermera de quirófano en un atareado hospital de Filadelfia. Su médico le recetó Xanax, un ansiolítico que la ayudó a reducir algo su ansiedad, dice, “pero no cambió el hecho de que pienso en mi hijo cada minuto del día. Y que quizá no lo vuelva a ver”.
Sus amigos no le podían brindar la ayuda que necesitaba. “Todos me apoyan mucho, todos quieren a Evan, pero no entienden. Me dicen: ‘¿Por qué lo dejaste ingresar? ¿Cómo puedes haber hecho eso?' Porque sus hijos no son militares, no entienden que Evan y los otros como él quieren estar allí. Sienten que es su deber, que es su vocación”.
Fue entonces que Cleaver buscó apoyo en las Blue Star Mothers of America (Madres de la Estrella Azul de Estados Unidos), el grupo de apoyo más antiguo y numeroso para padres de militares. Llamado así por el símbolo que identificaba los hogares que tenían un hijo en el servicio militar durante la Primera Guerra Mundial, recibe a aquellas madres o madrastras cuyos hijos estén en las fuerzas armadas de Estados Unidos o que hayan sido dados de baja honorablemente. La mayoría de las mujeres del grupo de Cathy tiene un hijo o hija en Afganistán.
“Ya no me siento sola”, dice. “No es un festín de autocompasión. Nos reunimos para encontrar la forma de ser madre con un hijo en Afganistán”.
Tienen almuerzos mensuales y servicios de oración. Escuchan a oradores —normalmente capellanes militares y veteranos que están de regreso— y forman vínculos mientras arman cajas con artículos y cartas para enviar a las tropas que están fuera del país.
“Sinceramente, siento que me deshago de mis tensiones con esas cajas”, dice Cleaver.
“El solo hecho de estar ahí, rodeada de otras madres que saben por lo que estás pasando, ayuda. Somos una hermandad, todas en el mismo barco, que sabemos que nuestro estilo de vida es posible gracias a la valentía de esos soldados… los niños que nosotras criamos. Y no podríamos estar más orgullosas”.
Lea sobre la madre de un soldado estadounidense que fundó una oficina local de las Blue Star Mothers.











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