P. ¿Qué fue lo que lo ayudó a superar este momento?
R. Carlos: Tenía a mi esposa en Albuquerque, y eso fue lo que me mantuvo en pie. Las personas que se rendían morían. No podían sobrevivir. Perdimos demasiados hombres así, porque se rindieron.
Tenía muy en claro que los japoneses no podían matarme. Me dije: “Sé que llegan oraciones desde mi ciudad [Albuquerque], y sé que están rezando por mí. Y voy a salir de este agujero”. Y lo logré.
P. ¿Cómo fue regresar a casa?
R. Carlos: Fue una sensación impresionantemente buena. Fuimos los últimos en ser evacuados del campamento.
P. ¿Cómo sobrellevó los efectos de la guerra?
R. Carlos: Me llevó cinco años recuperarme. Empecé a beber. Iba al hospital y el hospital del VA no nos prestaba atención; decían que no teníamos nada malo. Tenía mucha ira contenida y no podía controlarla.
Mi esposa solía preguntarme: “¿Por qué no puedes dejar de beber?” Yo le contestaba: “Pues… no puedo. Tengo que contar con algo que detenga el caos que tengo en mi cabeza. Estoy perdiendo la razón y necesito beber para desconectarme”. Y una mañana, luego de que me tuvieran que sacar a rastras de un bar el día anterior, me miré al espejo y vi que estaba totalmente cubierto con arena, y me dije: “Carlos, eres un imbécil. Eres un estúpido”. Y ahí mismo dejé de beber. Me llevó un año más, aproximadamente, vencer mi ira con la ayuda de un psiquiatra.
P. ¿Cuál fue el mayor desafío al escribir este libro?
R. J.L.: Carlos es un sensacional narrador de historias. Traté de lograr que esa misma historia cobrara vida en las páginas escritas. Básicamente, tuvimos muchas entrevistas durante cuatro años. Fue una época muy intensa de su vida.
P. ¿Por qué consideran que es importante que los veteranos cuenten sus historias?
R. Carlos: En mi caso, fui prisionero durante cuatro años en un campo de trabajo japonés. Nunca nos pagaron, ni los japoneses ni Estados Unidos, y siento que deberíamos recibir una compensación por el trabajo que hice para los japoneses. Presentamos una demanda en el Juzgado de Distrito de Estados Unidos, aquí en California; presentamos la demanda cinco veces en el Juzgado Federal y nos la rechazaron, excepto un caso, que fue a la Corte Suprema. Y la Corte Suprema ni siquiera quiso escuchar el caso.
J.L.: Debido a que la historia se repite. La gente necesita conocer las historias de guerra, no simplemente sobre una base fáctica, sino sobre una base emocional de modo de poder, al menos, intentar comprender lo que se siente, cuáles eran las condiciones, y tenerlo en cuenta al momento de considerar la posibilidad de declarar otras guerras.
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