P. ¿Por qué consideran que es importante que los veteranos cuenten su historia?
R. Frank: Creo que nos ayuda contarla. A mí me ha ayudado. Me dijo un psiquiatra que me entrevistó durante años en el VA (Departamento de Asuntos de Veteranos) que disfrutaban mi relato y los detalles que describía y cómo fue la experiencia. Nunca antes habían escuchado algo semejante.
Francisco: Una de las cosas que contó papá fue que, en Bataán, se les terminó todo: comida, munición, medicamentos, absolutamente todo. Por ese motivo se quedaron varados y no pudieron desarrollar una estrategia de batalla exitosa. Papá juró que si alguna vez regresaba a Estados Unidos, haría todo lo posible para controlar que nuestras fuerzas armadas nunca estuvieran tan débiles como para que esta historia se repita.
Carlos Montoya y J.L. Kunkle
Carlos: A Tale of Survival, por J.L. Kunkle
Carlos: A Tale of Survival, portada(2007, I-Socket Presse)
Escrito por el sobrino del protagonista, Carlos: A Tale of Survival narra la vida de Carlos Montoya. Después de sobrevivir a la Gran Depresión, Montoya se enrola en la Guardia Nacional, a fines de la década de 1930, y es destacado a Filipinas, antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. En Filipinas, Montoya lucha por conservar la península de Bataán, hasta que es tomada por los japoneses, en abril de 1942. Lo que sigue es una historia de coraje y determinación: Montoya sobrevive a la Marcha de la Muerte de Bataán, durante la cual miles de hombres murieron, y, luego, sobrevive a crudos inviernos durante tres años y diez meses, como prisionero de guerra, en Japón. Liberado en 1945, Montoya regresa como un hombre distinto a una sociedad diferente.
P. Usted sobrevivió a la Marcha de la Muerte de Bataán y, luego, a casi cuatro años en campos japoneses de prisioneros de guerra. Cuénteme su experiencia.
R. Carlos: Cuando llegamos al primer campo, Camp O’Donnell [el punto final de la Marcha de la Muerte de Bataán, en Capas Tarlac, Filipinas], imaginé que todos moriríamos en ese momento. Rodearon a 9.000 hombres en un área que era un antiguo campamento filipino que había sido abandonado durante no sé cuántos años. El techo estaba construido con hojas de palmera y estaba bastante deteriorado, y dormíamos en el piso.
Teníamos una boca de agua, y el agua apenas salía a gotas por la canilla. No nos daban más agua que la que de allí salía. Nos daban tres comidas al día, pero los alimentos apenas cubrían el fondo de nuestro estuche de utensilios de cocina. Así fue como comenzamos a contraer malaria, disentería. La gente moría a lo loco, entre 300 y 450 hombres por día.
Juré que si los japoneses alguna vez pedían un destacamento, me iba a ofrecer como voluntario para salir de este campamento, que fue exactamente lo que sucedió. Me fui en un destacamento de 300 hombres. Nos fuimos para fines de mayo, y para el 10 de agosto sólo quedábamos 48 hombres.
P. Su libro describe meses de trabajo de esclavos en Japón. ¿Cómo terminó allí?
R. Carlos: Desde Cabanatuan [un campamento temporario, al Norte del Campo O'Donnell], se mandó gente a Japón en los denominados “barcos del infierno”. Me fui en otro destacamento de 300 hombres y terminé en Niigata, Japón. Descargábamos barcos de carbón que llegaban de Manchuria. En Niigata, teníamos tres meses de verano y nueve meses de invierno. Estábamos en un puente que se encontraba a unos 40 pies de altura; había un río a un lado y la bahía al otro. El viento nos golpeaba desde todas las direcciones y mucha gente murió de frío o se congeló. A mí se me congelaron las piernas.
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