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La Marcha de la Muerte

Sobrevivientes reales

La experiencia de dos prisioneros de guerra en el teatro de operaciones del Pacífico.

La Marcha de la Muerte de Bataán en la Segunda Guerra Mundial

— Bettmann/Corbis

P. Cuéntenos sobre la marcha de la muerte.
R. Frank: Teníamos que caminar rápido la mayor parte del tiempo. Y si estábamos heridos y no podíamos caminar con velocidad, nos golpeaban severamente. Yo estuve aproximadamente dos días y medio en la marcha de la muerte. Nos obligaban a marchar durante muchísimas horas sin comida ni bebida. Y la excusa que tenían era que nos querían alejar del peligro. Esa era la excusa que argumentaban para la marcha de la muerte.

Era un panorama horrible. Cada vez que alzabas la vista, alguien se estaba desangrando hasta morir. Y no se podía hacer nada por ellos. No podías detenerte. Yo tuve malaria, también, durante la marcha. No podías escaparte de la marcha de la muerte porque a la izquierda estaban los japoneses, y, a la derecha, el océano. Simplemente tenías que continuar.
 
P. ¿Qué fue lo que lo ayudó a superar este momento?
R. Frank: Mis convicciones religiosas. La bendita Virgen María y nuestra señora de Guadalupe. Oré no sólo por mí, sino también por mis amigos.

Sabía que debía contar con un plan que me mantuviera concentrado. Mi plan era llegar al destino y esperar a que nuestras tropas nos liberaran. Regresaría a Estados Unidos para ver a mis padres nuevamente, conseguir el rango que me habían prometido [sargento], conocer a mi esposa, Evangeline, y tener cuatro hijos, dos niños y dos niñas. Y eso es exactamente lo que ocurrió: dos niños y dos niñas. Y mi esposa resultó ser exactamente como me la imaginaba, un ángel. Ella me ayudó muchísimo a superar los recuerdos desagradables de vida y de muerte en los campos japoneses de prisioneros.
 
P. ¿Cómo fue volver a casa?
R. Frank: Simplemente, un bello sueño hecho realidad. Fue igual que un sueño. Me dije: “Solía pensar en esto”: el modo en que el barco se hamacaría hacia el muelle y que desearía ver a mis padres. Y eso es precisamente lo que ocurrió. Mi barco se fue acercando al muelle y ¿quiénes estaban allí, justo al final del muelle? Mi madre y mi hermana. Y miré mejor y pude ver a mi otra hermana, con mi padre. Me saludaban. Sentí algo maravilloso. No existen palabras para describirlo.

P. ¿Cómo sobrellevó los efectos de la guerra?
R. Frank: Mi plan. Tenía mi plan por delante. Me iba a volver a enlistar tan pronto pudiera. Luego tenía que dar pruebas del rango que había logrado en Filipinas luchando contra los japoneses. Esa era una parte de mi plan. Nos dieron seis meses de licencia con goce de sueldo. Durante ese período conocí a mi esposa, y nos casamos poco tiempo después.

Francisco: En el campo de batalla, le prometieron que ascendería de soldado raso a sargento. Se lo prometió su capitán, que había muerto en el infame “barco del infierno” [naves que transportaban prisioneros de guerra a Japón] Oryoku Maru. Él sabía que necesitaba conseguir ese rango para poder tener el dinero y la seguridad necesarios para casarse con mi madre y ganarse la vida para mantener a nuestra familia. Supongo que, la respuesta en realidad es que se comprometió positiva y completamente con su vida y con sus obligaciones, con permanecer en la fuerza y con crear un mundo de paz.
 
P. ¿Cuál fue el mayor desafío al escribir este libro?
R. Francisco: Yo diría que el mayor desafío fue que papá se orienta mucho a partir de los detalles. A medida que escuchaba, escribía y reescribía cada incidente y los detalles, era como revivirlo con él. Viví su historia en mi vida durante diez años. A medida que la revisábamos, una y otra vez, esas historias se grabaron a fuego en mi alma. Me resultó emocionalmente doloroso escuchar y volver a vivir su dolor y el de todos los otros hombres. Cuanto más hablaba, cuanto más relataba el horror y las condiciones aberrantes, sentí dolor por esos hombres, sus compañeros, que murieron, y todo el sufrimiento que soportaron. No quería dejar nada afuera, de modo que cuando, finalmente, los lectores en algún momento leyeran la historia, también se compadecieran, comprendieran y sintieran la experiencia completa.

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