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¿Rivalidades entre pandillas?

Amor Sin Barreras

Los residentes del West Side de Nueva York nos cuentan sus historias.

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Times Square, New York

— Bob Croslin/Aurora Creative/Getty Images

A continuación, en sus propias palabras, cómo era en realidad el West Side.

(El artículo continúa; presione cualquier nombre, o simplemente haga avanzar el texto.)

John Montero

Reuben Torres

Tony y Edith Emanuel

Elsa Acosta

JOHN MONTERO

En un lugar donde la apariencia ruda era una ventaja, ser un preadolescente delgado y caminar por la Hell`s Kitchen llevando un estuche de violín podría haber metido en problemas a cualquiera. Sin embargo, John Montero, quien nació en Manhattan, hijo de un conserje puertorriqueño y de una costurera, supo pasar inadvertido gracias a su tranquilo encanto y a su empatía.

John vivió en la Hell's Kitchen durante una década, hasta 1940, antes de que los puertorriqueños se mudaran a la zona en grandes cantidades, unos 20 años más tarde. Solía andar con un grupo de muchachos que, en su mayoría, eran de origen griego, y que vivían en su cuadra, la Calle 53, entre la Novena y la Décima Avenida.

La mejor manera de mantenerse alejado de los problemas era conocer cuál era tu territorio, que, por lo general, era la cuadra en la que vivías, cuenta. “Una cuadra era italiana, la otra cuadra era polaca, y la cuadra irlandesa —uno no deseaba entrar allí, donde estaban los irlandeses”, relata Montero, de 82 años, durante una entrevista en su cálido y espacioso hogar en los suburbios, en Bergenfield, Nueva Jersey, a unas 25 millas del lugar donde creció. John recuerda que “los de origen irlandés eran los más rudos, e ibas a encontrar problemas si entrabas en su territorio”, en la Calle 54, a tan sólo una cuadra de donde él vivía.

Crecer en el West Side significaba jugar al stickball, stoopball y a las canicas en el medio de la calle con tus amigos. Una de las actividades principales era andar en patineta en la bajada entre la Novena y la Décima Avenida, que se extendía por casi tres cuadras. “Éramos muy pobres, de manera que nos armábamos nuestras propias patinetas —cuenta Montero—. Tomábamos los cajones de frutas que los supermercados desechaban y cortábamos una base de dos por cuatro.

Después le colocábamos una caja arriba, le clavábamos unas ruedas de patines viejos y obtenías una patineta que corría bastante bien”.

Montero no vio la producción original de Broadway de Amor sin barreras; pero recuerda haber pensado que la película era “extraña” y que no se parecía en nada al lugar y a la gente —que incluía a griegos, italianos, puertorriqueños— que él conocía. “La película tiene una parte donde uno de la pandilla toma un cuchillo y lo utiliza para atacar a otro, y otra parte donde se utiliza un revólver para matar a Tony —señala Montero—.

La verdad es que no teníamos armas. De hecho, los grupos las despreciaban. Si alguien pensaba que tenías un arma, eras considerado un cobarde, y nunca supe o escuché que alguien tuviera una… Como si no fueras lo suficientemente rudo como para pelear desarmado, con los puños”.

Por otro lado, dice Montero con una carcajada, “nuestro grupo tenía a Tony”.

Tony Emanuel era el mejor amigo de Montero, y su alter ego. “Tony era alto, grande; podía ganarle a cualquiera —dice Montero—. Tenía manos que parecían guantes de boxeo y cada uno de sus dedos era grueso como un pulgar”.

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