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Voz de mando

Democracia y cuartel

La destitución del general McChrystal recuerda que el poder de la democracia se posa en los rangos civiles.

General Stanley McChrystal



— Barbara Sax/AFP/Getty Images

El  mensaje más importante que se puede extraer de la crisis en Estados Unidos en torno a la destitución del General Stanley A. McChrystal, el oficial a cargo de las actividades militares en Afganistán, casi se pierde entre la intrincada madeja de prensa que se derivó de los controversiales comentarios del general en una entrevista con la revista Rolling Stone.

La crisis colocó a Afganistán otra vez en primer plano en un momento en que el frustrante salidero de petróleo en el Golfo de México, con toda su relevancia y peligro potencial para el medioambiente y el estilo de vida de los estados afectados, había acaparado los titulares.

Pero más importante que el debate sobre si hay o no división en los altos niveles de la administración del presidente Barack Obama, o si la guerra va bien o no, la conclusión más contundente y trascendental que se puede extraer de todo este embrollo está en el oportuno recordatorio de que en una democracia el poder ha de estar y permanecer en los rangos civiles del gobierno.

Esto es extraordinariamente importante para los que hemos venido de Latinoamérica, región que hace apenas un par de décadas se conocía como territorio de “gorilas”, que era como el mundo llamaba a aquellos dictadores que instalaron sus cuarteles en las casas de gobierno. Allí habían llegado por la fuerza de golpes de estado y allí se mantenían por medios represivos que les llenaron las manos de sangre.

Todavía algunos de nuestros países están tratando de reparar aquellas infamias y nuestras sociedades siguen pasándole la cuenta a aquellos gorilas, enviándolos a la cárcel a pesar de los gestos de fingida inocencia en sus rostros ya ancianos. Lamentablemente, existen aún países en que soldados patrullan las calles con armas largas, otros en que la espada y la charretera asoman una amenaza perenne, y aún alguno en que la única guerra que libran sus gobernantes militares es contra su propio pueblo.

En una verdadera democracia las fuerzas armadas existen para defender a sus ciudadanos. Su lugar está en las trincheras y las barracas. Y sus más altos oficiales, incluyendo a sus más venerados héroes, deben obediencia a la autoridad civil elegida por el pueblo. En el caso de Estados Unidos existe una cadena de mando que termina en la Casa Blanca en la figura del presidente, que ocupa también el cargo de comandante-en-jefe.

El General McChrystal equivocó su papel de militar llamado a cumplir las órdenes de sus superiores sin cuestionarlas. Y su error se agravó cuando dio a entender su discrepancia con la política sobre Afganistán con burlas e insultos gratuitos dirigidos al vicepresidente Joe Biden, y permitió con aparente aprobación que un miembro de su séquito se refiriera al general retirado James L. Jones, asesor de seguridad nacional, como “un payaso”. No era la primera vez que McChrystal expresaba su disidencia en público —ya lo había hecho en el otoño pasado cuando el presidente forcejeaba con su decisión de enviar tropas adicionales y debatía la estrategia futura en Afganistán—, pero esta vez sí sería la última. 

El contenido de esta columna refleja estrictamente la opinión del columnista y no la postura de AARP. AARP es una organización no partidista, sin fines de lucro que ayuda a las personas mayores de 50 años de edad a ser independientes y a ejercer control de sus vidas de manera asequible y que les beneficie a ellos y a la sociedad. AARP no respalda a ningún candidato a cargos públicos ni dona a campañas políticas ni a ningún candidato.

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