Siempre me sentí muy cerca del pueblo checo. Visité Praga varias veces y hasta el día de hoy continúo añorando las famosas salchichas checas, embutidos enormes que solían servirse en una servilleta, sin pan, en quioscos situados en la Plaza de Wenceslao y que yo devoraba con un largo sorbo de la también famosa cerveza checa Pilsner.
Recuerdo que en la ciudad de Ostrava, vi a obreros combatir el frío de la mañana desayunando sopa bien caliente y picante, y luego lo combatían en la noche tomando un brandy checo conocido como Slivovitz.
Pero de todos mis recuerdos checos, el mejor es el de la propia ciudad de Praga, con su Río Moldava de aguas oscuras, sus castillos del siglo 10, sus iglesias barrocas y sus 13 hermosos puentes.
En mis trasnochadas fantasías de disidencia tropical de hace varias décadas, muchas veces imaginé que recorría las estrechas calles de adoquines con Václav Havel antes de sentarnos juntos en alguna de las plazas de la ciudad para sostener una conversación sobre los tiempos y, quién sabe, incluso atrevernos a arreglar el mundo.
Con la triste noticia de su muerte, disfruté sin embargo la certeza de que él si lo logró.
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