La gran ironía —o el gran absurdo— es que la paranoia de los hermanos Fidel y Raúl Castro los ha llevado a vivir durante décadas bajo la ilusión de su propia relevancia política. Engolan la voz para pronunciar sus discursos, se disfrazan de soldados sin estar en guerra, y proclaman amenazas como si alguien les tuviera miedo.
Más bochornoso aún es que su islita en el Caribe cobró importancia en el más oscuro momento de su supuesta soberanía: cuando su existencia equivalía a la presencia de un portaviones soviético a 90 millas de Estados Unidos, sirviendo los intereses de un amo a miles de millas de distancia geográfica, política y cultural. Fue en ese siniestro rol de cipayo del Kremlin que hizo un poco de mala historia en aquella aciaga crisis de los cohetes que acaba de marcar su cincuentenario. ¿Su acto de heroísmo? Haber llevado al mundo al borde de un apocalipsis nuclear para luego tener que obedecer a su amo soviético y desmantelar sus juguetes de lanzar misiles con cabezas nucleares.
Hasta el día en que el enorme monstruo soviético se perdió en un estruendoso colapso y la islita perdió su sostén y relevancia. No obstante, hasta el día de hoy, los llamados líderes revolucionarios continúan esperando que alguien los invada y los valide como si fueran geopolíticamente importantes en el mundo, cuando la gran verdad es que nadie está interesado en invadir la isla, porque hace años que dejó de ser una amenaza, pasando a ser simplemente una amenaza para sus propios ciudadanos.
En definitiva, ¿está vivo o está muerto Fidel? La gran realidad es que murió hace ya tiempo sin que la historia lo absolviera y sin dejar más legado que una revolución fracasada y un país en ruinas. El lobo llegó y nadie se molestó en prestarle atención.
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