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Todos a las urnas

El sagrado deber de votar

Hay países en que ciudadanos han ofrendado sus vidas luchando por el derecho de elegir a sus gobernantes.

Por vivir en un estado en que se puede votar antes del día de las elecciones el martes próximo 2 de noviembre, yo me adelanté y cumplí ya con ese deber ciudadano. Al final del proceso, después de escanear mi boleta para que contara en los resultados finales, uno de los empleados del centro me colocó una pegatina en la camisa que decía “Yo voté hoy”, la cual exhibí con orgullo durante todo el día.

En mi país de origen no ha habido elecciones en más de medio siglo. De ahí que su presidente (que nunca fue elegido en las urnas) siga siendo la misma persona o un facsímil del original que llegó al poder mediante una revolución armada. La consecuencia más directa de este infortunio histórico es que el país pasó de ser una sociedad moderna, vibrante, pluralista, incluso democrática, a convertirse en un guiñapo de país fantasma donde el deterioro no es sólo físico sino moral, económico y hasta espiritual.

Muchos hispanos de otras procedencias han pasado también por situaciones similares, provocadas en sus casos por dictaduras militares que pulularon hace apenas un par de décadas y que gobernaron por la fuerza de la espada. El rescate del voto popular en sus países marcó la diferencia entre el miedo y la prosperidad, entre la angustia y la libertad. Chile, Argentina, Ecuador, Paraguay, Brasil, Nicaragua y algunos otros de nuestros países sufrieron períodos en que no sólo se le imponía al pueblo un gobierno de facto sino donde arriesgaban la vida o su integridad física quienes trataran de alterar ese orden.

El epílogo triste de esas historias es que muchos de quienes huían de ese oprobio llegaron a la seguridad de este generosa tierra de libertad y democracia y, tras asumir su ciudadanía con todos sus otros beneficios, se quedan sentados en su reclinable cargados de una inaceptable complacencia simplemente contemplando cómo otros determinan lo que habrá de hacerse, como si aún vivieran en el extranjero y todo este trajín democrático les resultara ajeno y a veces inconveniente.

Los latinoamericanos siempre hemos tenido la política incrustada en nuestro ADN y abandonar el acto de votar precisamente cuando hay opciones reales no es algo consecuente con nuestra historia o nuestra cultura.

Hacer en Roma lo que hacen los romanos no es un simple slogan turístico para quienes visitan Italia. Su significado es mucho más universal y nos manda que adoptemos en cualquier país en que nos encontremos sus costumbres más sanas, sus conductas más efectivas, su sistema de vida más racional

Lo peor de vivir en un país autoritario, totalitario, dictatorial es no tener opciones. Sentirse impotente ante la realidad de su inagotable crisis. Saber que uno está llamado a obedecer y cumplir con lo que le imponen, no por ley, sino por la arbitrariedad y la amenaza de una violencia oficial.

Lo mejor de vivir en una sociedad democrática es precisamente contar con opciones. Para todo. Tantas opciones que a veces uno tiene dificultad para decidir qué automóvil comprar, qué color de camisa usar, cuáles zapatos vienen mejor. Se vive, desde luego, bajo un sistema judicial donde hay que cumplir con la ley y donde todos contribuimos a la sociedad mediante nuestro trabajo, nuestro arte, nuestra participación democrática e incluso nuestros impuestos. Esas son las reglas del juego y mal les va a quienes no las respeten.

En Estados Unidos el voto electoral es crucial para su desarrollo y su subsistencia. No importa por cuál de los partidos se incline, pero por amor de Dios levántese de su comodidad el martes 2 de noviembre y salga a depositar su voto parar marcar una diferencia en cualquiera que sea el futuro que vislumbre para usted y los tuyos. Sus hijos y sus nietos, que acaso tendrán más razones para sentir que este país es también suyo, se lo agradecerán.

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El contenido de esta columna refleja estrictamente la opinión del columnista y no la postura de AARP. AARP es una organización no partidista, sin fines de lucro que ayuda a las personas mayores de 50 años de edad a ser independientes y a ejercer control de sus vidas de manera asequible y que les beneficie a ellos y a la sociedad. AARP no respalda a ningún candidato a cargos públicos ni dona a campañas políticas ni a ningún candidato.

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