Lo peor que puede pasar en política es que los líderes, esos seres privilegiados que el pueblo elige para que dirijan la marcha hacia el futuro, equivoquen las prioridades de la sociedad.
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Concentrar esfuerzos y recursos en un camino que puede llevarnos en dirección contraria de la recuperación y la prosperidad es fatal en cualquier circunstancia. En medio de una crisis económica es un punto menos que una tragedia nacional. Pero eso es exactamente lo que está ocurriendo en Washington. Ni más ni menos.
En el momento en que lo verdaderamente urgente es crear las condiciones idóneas para reducir el desempleo, tanto el presidente como los líderes de ambas cámaras del Congreso enfocan sus esfuerzos en un problema de mucho más largo plazo: reducir el déficit mediante recortes sustanciales a lo largo y ancho del espectro presupuestal, incluyendo los programas de Medicare, Medicaid y Seguro Social.
No ha importado que insignes economistas nacionales y extranjeros advirtieran a gritos que, lejos de crear oportunidades de trabajo, esas medidas a destiempo aumentarían más el desempleo y profundizarían la crisis económica que el país padece desde mediados de 2008.
Nadie se molestó en recurrir a la matemática —esa ciencia exacta e infalible— para descubrir que cuando uno corta programas o actividades de cualquier tipo la primera consecuencia es el despido masivo de las personas que operan esos programas.
Así las cosas, el presidente Obama y el presidente de la Cámara, John Boehner, permanecieron a las greñas casi todo el verano disputándose cuál se alejaba más de la realidad y quién se mantenía más tiempo de espaldas a las verdaderas necesidades de la población.
Lo peor fue que en medio de la refriega que manchó el discurso político nacional tal vez para siempre, volvieran a fijar la mirada en los programas de ayuda social, principalmente en el de Seguro Social, ese elemento tan odiado por tantas generaciones de republicanos desde su nacimiento en 1935. A nadie sorprendió, pues, que el programa para retirados inmediatamente formara parte del debate.
No demoraron los candidatos presidenciales a sumarse a la comparsa contra el Seguro Social. El más enardecido de todos es el gobernador de Texas Rick Perry, quien se refirió al programa como una “estafa tipo Ponzi” y como “una monstruosa mentira”.
La ironía de todo esto, sin embargo, es que el Seguro Social no ha contribuido ni un solo dólar al enorme déficit nacional. Todo lo contrario, acaso sea el más atinado y solvente de los programas de gobierno. La mayor diferencia que lo distancia de esa estructura conocida con el nombre de Ponzi es que mientras ésta es una especie de pirámide en que las ganancias proceden del timo a sus miembros, el Seguro Social es un fondo al que todo el que trabaja contribuye mediante aportes que se descuentan por nómina. Es lo que se ha dado en llamar en inglés como pay-as-you-go, lo cual equivale a un permanente círculo de financiamiento.
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