El teléfono tiende a sonar más después de un desengaño amoroso o durante una crisis, y menos a medida que crezca su capacidad de resolver problemas o se incline a consultar a su pareja amorosa o a una nueva red de amistades. A medida que el joven se acerque a los 30 años y se vuelva más estable, seguro e independiente, es posible que la comunicación aumente de nuevo, por iniciativa de cualquiera de las dos partes.
2. Siga la pauta que le fijen. Cuando los hijos empiezan a construir su propia vida, es casi siempre mejor dejarlos fijar el patrón y ritmo de los contactos. Poco a poco, los padres desarrollan un sexto sentido sobre cuándo el muchacho necesita una llamada de apoyo o aliento, y cuándo prefiere que lo dejen resolver sus problemas solo. Si no llama o no contesta llamadas, podría significar que tiene una vida llena de actividades y que ha fijado su atención en otra parte. Pero también puede ser una señal de que algo va mal o que una crisis lo ha llevado al desespero. Los padres tienen que ejercer el juicio respecto a cada hijo y cada situación. Si un silencio excepcionalmente largo sugiere que algo va mal, o si una reciente llamada a casa fue especialmente emocional, quizás sea el momento de enviarle un correo electrónico o mensaje de texto que diga algo como "Sólo quería asegurarme de que estuvieras bien" o que pida concertar una llamada.
3. Viva su propia vida en línea. Si es el tipo de padre a quien le tienta el diario abierto de su hijo, tenga cuidado: el internet es como un gran diario abierto y hay que tratarlo con el mismo respeto y cautela. Sí, le sería posible visitar el sitio web universitario de su hijo y ponerse frenético con los blogs que ve ahí. Y si se lo permiten, pudiera hacerse "amigo" de su hijo (y sus amigos) en Facebook y seguir cada drama de su vida personal.
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