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No se puede negar a la propia sangre

Nunca pensé que a los 55 me iba a convertir en el padre de mi nieto de dos años.

Abuela cuidando a su nieto

— Getty Images/Uppercut

En los dos meses siguientes, con frecuencia, el pequeño Jason pasaba los fines de semana con nosotros. Era obvio que Ellen tenía muchas dificultades para criarlo, aún con la ayuda de sus abuelos, que tenían más de ochenta años. Luego de un par de meses y poco antes del tercer cumpleaños de Jason, Ellen nos pidió a Sarah y a mí, si podíamos cuidar de Jason "por un tiempo". Sabíamos que "un tiempo" podía, y debía, convertirse en algo permanente. Y así fue. En el lapso de un año, pasamos por el complicado proceso de obtener la custodia legal de Jason. Cinco años después, luego de una pugna familiar, estamos a punto de adoptarlo. En verdad, Jason hace tiempo que nos adoptó a nosotros: semanas después de haberse mudado con nosotros y convertido en el centro de nuestras vidas, Jason dejó de llamarme abuelo; ahora soy su papá. Y Sarah es su mamá. Nuestras vidas han cambiado para siempre.

Dos años después
Son las tres de la mañana y Jason, porque debe ser Jason, está presionando mis costillas y trepado encima de mí. A los cinco años, sus 48 libras de peso se escurren en el tibio espacio entre Sarah y yo. En minutos, Jason está contento y dormido, y yo sigo despierto.

Cuando uno medita sobre esto, sólo se dan pequeñas diferencias entre la primera y segunda paternidad. Se repiten ciertas cosas básicas, hay que vestirlo, darle de comer, llevarlo al colegio. Uno se las arregla lo mejor que puede, sin embargo, es un poquito más difícil cuando uno está cerca de los sesenta años.

Por lo general, cuando comento con la gente sobre esta situación, sólo cuento la parte divertida: las despertadas a mitad de la noche y el hecho de hacer amistad con padres en sus treinta años. Pero, cuando Jason recién se mudó con nosotros, no estábamos preparados, por decir lo menos. A nuestro día promedio lo sentíamos como una batalla perdida, pues no podíamos lidiar con una infinidad de detalles. ¿Tenemos leche? ¿Dónde están sus medias? ¿Su juguete favorito? Luego está toda esa vitalidad física de la paternidad que uno olvida sin misericordia cuando ésta termina: agacharse para recoger cosas, vestirlo y desvestirlo, la limpieza, la secadora. Entonces la vida se vuelve un mar de actividad, pugnas en el asiento del auto y visitas al médico por fiebre. Y callos por arrodillarme al costado de la tina.

A veces me pregunto ¿dónde están esos apacibles días, que uno da por descontados, como padres cuyos hijos han partido de hogar? tales como salir a comer con Sarah sin ninguna prisa, con velas y una copa de vino. Ahora mis cenas son comer algo, rápido y de pie en la cocina, de lo que dejó Jason en su plato, antes de proceder a darle un baño.

Una de las quejas más comunes compartidas por abuelos que crían a sus nietos es que no tienen la posibilidad de comportarse como abuelos comunes y corrientes, esto es, capaces de deleitarse, engreír y enseñar a esos pequeños, para luego dejarlos con sus padres y volver a sus casas. Luego está el inevitable deterioro de la relación con sus hijos, los padres de sus nietos. Por mucha ayuda que Lee necesite, mi primera prioridad es Jason. "Uno tiene que cambiar sus prioridades", sostiene Joan Callander, autor del libro Segunda oportunidad: Ayuda para abuelos que crían a los hijos de sus hijos (Second Time Around: Help for Grandparents Who Raise Their Children's Kids, BookPartners, Inc., 1999). "Su hijo adulto deja de ocupar el primer lugar, su nieto está primero, usted está segundo y en último lugar, sus hijos".

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