El proceso de integración
Durante las dos primeras semanas que pasan en el centro, a las víctimas no se les permite recibir visitas de familiares. Esto le da al personal tiempo para entender la dinámica familiar y establecer quién puede visitar a la víctima sin peligro y quién no. Aun después del período de espera, las medidas de seguridad son rigurosas. Los guardias, presentes a todas horas en la propiedad, cuyo acceso está restringido, tienen fotos de las personas que no pueden entrar. Eso resultó útil el año pasado. Una mujer de 30 y tantos años, había convencido a Michael, un residente de 65 años con discapacidades físicas y mentales, de que se casara con ella y entonces le había robado su dinero. Cuando la mujer intentó entrar en el edificio a pesar de la prohibición dictada por un tribunal penal, los guardias se lo impidieron. Solomon logró que se anulara el matrimonio, ayudó a Michael a obtener un tutor legal y fue ante el tribunal de vivienda para que le condonaran el contrato de alquiler del apartamento donde vivía cuando conoció a su "esposa", antes de mudarse para el centro.
Aunque un 30 % de los residentes del centro, como Martha y Michael, acaban viviendo en el Hebrew Home permanentemente a causa de sus necesidades, "nuestro objetivo no es que se queden aquí", señala Reingold. "Es proporcionarles un lugar seguro donde puedan estar mientras los servicios legales hacen lo que les corresponde y reciben apoyo psicológico, para que puedan regresar a su casa o a otro ambiente seguro, y que lo hagan con dignidad y sin estigma".
Durante el tiempo que pasan en el centro, que puede oscilar entre varios días y más de un año, las víctimas participan en las actividades culturales y sociales del Hebrew Home y disfrutan de los mismos beneficios —como manicuras, pedicuras, recortes de cabello— que los demás residentes. Típicamente, las personas que maltratan aíslan a sus víctimas de las otras personas; ser parte de una comunidad los ayuda a sanar.
Los otros residentes del hogar no saben que han sido maltratados. Cuando el refugio abrió en diciembre del 2004, "pensamos que pondríamos a todas las víctimas en el mismo piso", dice Solomon, cofundadora del centro. "Pero cuando llegaron las tres primera personas, comprendimos que todos tenían necesidades diferentes y que no había motivo para segregarlos. No quisimos tener un piso de víctimas".
La mayor parte de los residentes que han sido maltratados tienen Medicaid, mientras que otros reciben fondos por medio del Hebrew Home, el centro, subsidios o fundaciones. De vez en cuando, las familias, o incluso los residentes mismos, pagan los gastos.
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