La vida cotidiana
Tom, de 65 años, es uno de los residentes más jóvenes —casi todos los demás tienen entre 70 y 80 años— por lo que el centro le quiere buscar su propia vivienda, probablemente con subvención del gobierno. Pero por ahora, "aquí he encontrado la paz", dice. Se desplaza por la residencia gracias a su nuevo andador y bastón, que utiliza para visitar el salón de computadoras en la planta baja, donde le gusta pasar largos ratos.
Tom visita a un optómetra, un dentista y otros especialistas en el mismo edificio, sin costo alguno, y lo asesora una trabajadora social especializada en adultos mayores maltratados. Un abogado ubicado en el mismo centro trabaja con la policía, los tribunales y la fiscalía para adelantar el caso de Tom y que se mantenga vigente el mandamiento judicial que lo protege de su hijo.
"Tenemos la infraestructura del hogar de ancianos, además de nuestro pequeño grupo especializado de dos abogados, una trabajadora social designada y muchos más", dice Joy Solomon, directora y principal abogada del centro.
Para Michelle Errante, trabajadora social que trata a los ancianos victimizados, "el mayor obstáculo es la dificultad de lograr que reconozcan el maltrato. Me dicen: 'Mi hija no lo hizo a propósito' o 'Mi hijo no sabía lo que hacía'. "
Otra residente del centro, Martha, de 86 años, enviudó después de 52 años de matrimonio. Se fracturó un brazo y tuvo que mudarse con su hijo. Pero cuando Martha le dijo que no quería trasladarse al hogar para el cuidado de adultos mayores que él había seleccionado, "se enfureció y me arrastró por el piso. Pero todavía lo quiero", dice. "Me entristece que no me hable, y me encantaría verlo".
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