A diferencia de su fuerza física, la fuerza de voluntad de papá jamás lo abandonó. Y nos mostró lo que es enfrentar la muerte con dignidad —y con sentido del humor. Como aquella vez en que llamó solemnemente a mi hermano Lou. Todos nos mantuvimos casi sin respirar mientras hablaban a puertas cerradas. ¿Estaría haciéndole un último pedido? Sí, lo estaba. Quería asegurarse de que a la mañana siguiente Lou fuera a Denny's a traerle una Grand Slam para el desayuno. O la mañana en que me miró directo a la cara y me dijo que se había pasado toda la noche dando vueltas a una decisión: en sus sueños, había tenido que elegir entre el Egg McMuffin y el sándwich de desayuno Jack-in-the-Box. Ahora, despierto, todavía no estaba seguro de cuál elegir. Por supuesto, le compramos ambos.
A papá siempre le habían gustado los niños, los gatos, y la jardinería. Y nada de eso cambió al final. Días antes de su muerte, y aunque su energía estaba minada por el cáncer, papá permitió que su voluntad tomara el mando. Aunque requería una silla de ruedas, declaró que caminaría por el patio trasero. Incrédulos, lo condujimos afuera en su silla de ruedas. Mi hermano Martín y yo lo pusimos de pie cuidadosamente. "Quiero tocar la pared", dijo. Lenta, muy lentamente, lo acercamos hasta allí y colocó su mano sobre el cerco. Pero no había terminado. Quería sentir la corteza ríspida del enorme roble plateado en el extremo del jardín y caminar por el césped que con tanto esmero había cuidado. Lo hizo. Exhausto, se sentó —y en seguida fue recompensado con un "bicho gordito" por su nieta Lina, que en ese entonces tenía 4 años. Nadie sonrió más que abuelo.
Esos momentos significaban mucho más, explicó Pam, nuestra enfermera de hospice. Digo "nuestra" porque, en verdad, cuidó de todos nosotros. Papá, nos explicó, se estaba despidiendo de las cosas que amaba. Un último roce, un último paso, saborear por última vez un panqueque cubierto con sirope y huevos fritos cortados en pedacitos.
Reímos. Lloramos. Estábamos agotados. Esas tres semanas de prestar cuidado causaron estragos mucho más allá del torbellino emocional que significa perder a un padre. Perdí ocho libras y aún conservo un frasco de jarabe contra la tos con codeína que lleva la fecha de la muerte de mi padre: 10 de febrero de 2009. No había tenido tiempo de ir al médico. Uno de mis hermanos me llevó esa mañana temprano, antes de que supiéramos que papá moriría esa tarde.
Aun así, tuve suerte. Mi tiempo fue para papá. El trabajo no fue el problema que suele ser para la mayoría de quienes atienden a los enfermos. Mi empleador, AARP, apoyó mi decisión de atender a papá, y mis colegas absorbieron mi trabajo mientras me tomaba las licencias por enfermedad y por vacaciones.
Al final, mamá y nosotros ocho –incluida nuestra hermana menor, que vive en Egipto con su marido y su hija Lina– estuvimos a su lado. Un ratito más tarde, al ver la puerta de la habitación de papá abierta, eché un vistazo adentro.
Lina estaba parada en silencio al costado de la cama donde mi padre aún yacía. "Le traje flores a abuelo", dijo, señalando un ramito que había recogido de uno de los canteros de papá.
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