In English | Un bigote tipo Dalí perfectamente armado y engominado; cabello oscuro y ondulado; ojos penetrantes: ése fue el abuelo materno que conocí, el de la fotografía en sepia que colgaba en un marco de madera ovalado en el living de mi Nina. No conocí a José Silvano Saucedo de ningún otro modo. Falleció a sus cincuenta y tantos, mucho antes de que nacieran sus nietos. Pero yo y mis siete hermanaos estamos conociéndolo mejor.
En 2009, los ocho enfrentamos las pérdidas más desgarradoras de nuestras vidas: mamá y papá murieron en cuestión de meses uno del otro. Fue un año que transcurrió en atenderlos con amor y gratitud por todo lo que habían cuidado de nosotros y nos habían brindado. Al final, nos quedamos con recuerdos profundamente enraizados en nuestro interior —y una casa llena de reliquias familiares y cajas que nadie había abierto en décadas. Solíamos reírnos de la afición de mamá por conservar el primer dibujo de un nieto a la edad de un año, la primera carta a los abuelos de otro de cuatro años, un viejo mantel, un pedazo de encaje. Ahora, en silencio, se lo agradezco.
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