Cuando estamos juntos, intentamos ponernos de acuerdo sobre el futuro. Jaime no ve la necesidad de que nuestros padres se muden. Mae, que trabajó en el campo de administración de salud y escuchó historias espantosas sobre los asistentes de cuidados en el hogar, se inclina por los centros de cuidados para adultos. Mamá, quien solía tomar las decisiones en la familia, rechaza esa opción y alega: "Nunca venderé la casa". Mis padres ahorraron cada centavo para comprar esa casa y sentirse parte de la clase media.
Llegar hasta allí no les fue fácil. En El Salvador, mamá renunció a su trabajo como empleada contable al nacer Mae, la más pequeña. Más tarde, papá perdió su empleo y las cuentas comenzaron a apilarse. A mediados de los 60, Estados Unidos permitió el ingreso de más inmigrantes legales, especialmente aquéllos con destrezas para oficios específicos. Papá, un ex empleado contable y vendedor de autos, le pidió a un amigo dueño de una panadería que le enseñara el oficio. Entonces, nos mudamos desde El Salvador a California. Mamá y papá dejaron atrás a sus padres, sus hermanos y a toda la familia.
En menos de un año, papá ya trabajaba como cocinero de comida francesa. Nos reíamos: papá nunca había cocinado ni un huevo. Trabajaba con un chef francés, así que ahí estábamos, una familia de inmigrantes comiendo escargot y coq au vin. Maravilloso.
La vida en Estados Unidos transcurrió normalmente hasta que papá se jubiló y Cisco Systems despidió a mamá, quien tenía 65 años ("Silicon Valley no es para personas viejas", me dijo una vez).
Yo era corresponsal en Colombia y no sabía de estos problemas. Papá quiso volver a El Salvador, pero mamá no. En 1999, papá intentó reestablecerse en El Salvador. Regresó un año más tarde.
Verano del 2006
Las cosas empeoran. Papá reprobó el examen de conducir. Por un tiempo, condujo sin licencia. Mamá nos avisó y hablamos con él. Está enfadado. Siente que Estados Unidos no le da una oportunidad ahora que es viejo. No entiende que así es la ley. Luego, mamá reprueba el examen. Ambos se niegan a repetirlo; están avergonzados.
Invierno del 2006
A papá le extirparon la vesícula y lo enviaron a un centro de cuidados de enfermería, el mejor que Mae encontró.
Papá pierde el uso de las piernas y me indigna que a los latinos y a otros pacientes étnicos los alojen en habitaciones traseras. Lo sacaremos de ahí pronto.
Papá y mamá no se habían llevado bien el año pasado; pero ahora que papá está enfermo, mamá es su apoyo incondicional.
Nos organizamos para visitar a mamá, que ya vive sola. Nos ruega a mi tía María y a mí que vivamos con ella. Con pena decimos que no.
Cada día que pasa, el espíritu y el cuerpo de papá se marchitan. Jaime y yo visitamos varios centros de vida asistida en California.
Mamá dice haber "criado cuervos para que le saquen los ojos".
Mi cuñado sugiere contratar a una abogada experta en cuestiones de adultos mayores que hable español. Mamá ve a la abogada y cambia de opinión. Accede a un fideicomiso testamentario y a buscar un centro de vida asistida. Buscamos un lugar donde mamá y papá puedan estar juntos, que sea seguro y culturalmente sensible. Como papá es de tez oscura, nos aseguramos de que no lo vayan a tratar de forma diferente. Rápidamente, desechamos lugares que cobran por adelantado o piden ver los informes financieros de los clientes. Finalmente, decidimos cubrir los gastos alquilando su casa y usando sus fondos jubilatorios y del Seguro Social.
Al fin, Jaime encuentra el lugar seguro en el que viven hoy. Está a la vuelta de su casa. Nos sentimos aliviados.
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