Los padres de los combatientes heridos coinciden en que defender los derechos de sus hijos lesionados es una de las partes más difíciles, pero esenciales, de lo que hacen. “No estoy criticando a las Fuerzas Armadas”, dice Jerima King, de 50 años, residente de Colorado Springs, cuya hija, la teniente del Ejército Anna King-McCrillis, de 26 años, sufrió una lesión cerebral en Iraq. “Pero un soldado puede ir a parar al limbo si no hay alguien que se preocupe exclusivamente por su seguridad las 24 horas del día”.
Desde luego, Cynthia hizo un esfuerzo inmenso para asegurarse de que su hijo Rory estuviera a salvo. Mientras esperaba recibir una operación en Walter Reed, fue hospitalizado provisoriamente en el Centro Médico de VA Hunter Holmes McGuire, en Richmond, Virginia, donde recibió rehabilitación cerebral especializada. Allí, recuerda Cynthia, estaba confinado, sin botón de emergencia, a una cama cerrada (ella la llama una “cama-jaula”). Una vez, cuenta Cynthia, después de hacerse pis en la cama, una enfermera lo llamó “un niño sucio” y lo obligó a sentarse desnudo mientras cambiaba las sábanas.
Con el correr del mes, Rory se sintió cada vez más desmoralizado. “Levanté mi mano para proteger la Constitución de Estados Unidos”, dice, “y me encerraron en una jaula”. Al ver el desamparo de su hijo, Cynthia solía firmar su salida y volver a entrar a la habitación de Rory, a escondidas, para asegurarse de que no lo maltrataran.
Los funcionarios de Asuntos de Veteranos insisten en que Rory recibió la atención adecuada mientras estuvo en McGuire. Dicen que estaba atado por su propia seguridad y que sí tenía un botón de emergencia; además, insisten en que las enfermeras lo controlaban con frecuencia. “Por lo que sabemos”, expresó la agencia en una circular, Rory nunca fue tratado “de manera condescendiente”.
Pero las familias de militares y sus defensores de derechos dicen que la insatisfacción de Cynthia con el tratamiento de su hijo es algo que sucede demasiado frecuente. “Para muchas personas, las iniciales VA provienen de ‘adversarios de los veteranos’”, dice el diputado Bob Filner (demócrata-California), quien preside el Comité de Asuntos de Veteranos de la Cámara de Representantes. Los pacientes deben esperar semanas y hasta meses para conseguir una cita. Los administradores de casos suelen estar sobrecargados de trabajo. El tratamiento de la salud mental es inconsistente. En el 2006, la subsecretaria de Salud del Departamento de Asuntos de Veteranos, Frances Murphy, dijo que era “prácticamente inaccesible”. Y, en la mayoría de los casos, se rechazan las solicitudes de terapias especializadas en hospitales civiles.
Para muchos padres, tratar con Asuntos de Veteranos se convierte en la parte más frustrante de la recuperación de sus hijos. “Tienes que luchar todos los días para conseguirle a tu soldado lo que necesita”, cuenta Valerie Wallace, de 46 años, que vive en Odessa, Florida. Su hijo, el sargento John Barnes, de 24 años, sufrió una lesión cerebral en Iraq.
Michael Kussman, subsecretario de Salud de Asuntos de Veteranos, afirma que el departamento se está esforzando por mejorar la atención al disminuir a 30 días el tiempo de espera para obtener una cita, al contratar defensores de transición” que ayudan a los pacientes a través del sistema y al agregar casi 4.000 especialistas en salud mental adicionales. Los hospitales de Asuntos de Veteranos están equipados para atender las necesidades de la mayoría de los miembros del servicio que regresan, afirma Kussman; pero la agencia, en ocasiones, subcontrata la atención a hospitales civiles si “es lo mejor para el paciente”.
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