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Salud del veterano

Cuando los heridos regresan de la guerra

Más que nunca, las tropas sobreviven aterradoras heridas de guerra; y más padres asumen la función de prestadores de cuidado a largo plazo.

Veterano de guerra y su familia

— Erika Larsen

Además de las lesiones físicas, existen miles de casos de depresión y trastorno de estrés postraumático (TEPT). El año pasado, los inspectores militares detectaron problemas psicológicos en el 31% de los Infantes de Marina, el 38% de los soldados y el 49% de la Guardia Nacional que regresan de la guerra. La mayoría de los heridos, adolescentes y veinteañeros, lógicamente recurren a sus padres para recibir la atención de cuidados.

Muchos de los heridos aún son solteros. Otros están casados; pero sus cónyuges no pueden o no quieren atender a un herido de gravedad. Como resultado de esto, en todo el país, los padres son los que deben ocuparse de limpiar quemaduras, succionar tubos de traqueotomía y bañar a sus hijos adultos. Los asisten con la terapia física y ocupacional, abogan por los beneficios, afrontan las crisis de salud mental y ayudan a sus hijos con lesiones cerebrales a que aprendan nuevamente ciertas habilidades; van y vienen de los hospitales de Veterans Affairs (VA, Asuntos de Veteranos) donde asisten a citas para pacientes externos. En resumen, postergan sus propias vidas.

Por ejemplo, Patty y Bob Harvey, ambos de 58 años, esperaban jubilarse pronto y mudarse de Los Ángeles al condado de Humboldt, en el norte de California. Pero su hijo, el soldado de primera clase Nick Harvey, regresó de Iraq en abril del 2005 con una enfermedad mental que requiere que viva bajo la supervisión constante de sus padres. Ahora, la prioridad es la salud de su hijo Nick, de 27 años, y mudarse ya no es una opción. “No podemos apartarlo de su rutina”, explica Patty. “No sabemos qué podría provocarle un brote psicótico”.

Los grupos de veteranos dicen que la historia de los Harvey es un caso bastante frecuente. “Conozco a muchos padres que están alcanzando la mediana edad, algunos de 50 ó 60 años, que ahora son prestadores de cuidados a tiempo completo”, cuenta John Melia, director ejecutivo del Wounded Warrior Project de Jacksonville, Florida, que asiste a los heridos de gravedad y a sus familias. “Los sueños de toda la vida se echaron por tierra. No podrán hacer todo lo que se hace en los años dorados, porque ahora tienen otro trabajo: prestadores de cuidados a tiempo completo”.

De regreso en Landstuhl, Alemania, los ruegos de Cynthia Lefever para que su hijo no se dejara morir dieron sus frutos. A pesar de la prognosis desalentadora del médico, Rory Dunn sobrevivió. Al día siguiente de su llegada de Alemania, lo trasladaron al Centro Médico del Ejército Walter Reed, en Washington, D.C., todavía en coma.

“Nos dijeron que no se iba a despertar”, recuerda Cynthia. “Después nos dijeron que si se despertaba, sería casi un vegetal”. Pero cuando finalmente salió del coma seis semanas más tarde, Rory sabía su nombre. Cuando dijo, a través de la válvula del tubo de traqueotomía, “Estoy bien”, uno de los médicos levantó a Cynthia por el aire y le hizo dar vueltas en un baile de festejo espontáneo.

Sin embargo, Rory no estaba bien. Había perdido el ojo derecho, estaba ciego del izquierdo, no podía caminar, apenas podía oír, necesitaba una operación para reparar su cráneo destrozado y el lóbulo frontal del cerebro estaba dañado, lo que lo dejó desmotivado para levantarse de la cama y sin ningún control para expresar su ira. Amenazó con suicidarse: “No quiero vivir así”.

Cynthia, que había empacado una sola maleta antes de dejar su hogar en el estado de Washington, se mudó a un hotel cercano al hospital, donde permaneció diez meses. Su esposo, Stan, cambió de horario en el trabajo para poder visitarla. Mientras los médicos trabajaban para reparar el cuerpo de Rory (reconstruirle la frente, hacerle un trasplante de córnea, enseñarle a caminar de nuevo), Cynthia trabajaba para devolverle su independencia: jugaba con él para que ejercitara el cerebro y lo corregía cuando decía algo mal.

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