Traté de controlar ese dolor agudo que me causaba el pensar que me había olvidado porque yo era adoptada. Tenía dos años cuando me adoptaron, por eso nunca conocí a otros padres y la idea de que no fuera de ellos nunca me vino a la mente. Pero, ahí estaba su enfermedad, siniestra y cruel, que había encontrado esa grieta de verdad para refrescársela en su mente y opacar todo el resto.
Pero, este no era el momento de sufrir. Mis lágrimas hicieron que se confundiera todavía más. Las sequé y le di un falso tono de alegría a mi voz. “Está bien. Vamos a buscar algo bonito que ponerte para ir al hospital”. Y así, llegó y se fue el momento que tanto había temido por años. Me di cuenta de que la demencia de mi madre era muy parecida a la de mi abuela. A las dos les gustaban las cosas rosadas y bonitas, cosas de niñas. La única cosa buena de la enfermedad de Alzheimer, al menos para mi madre y mi abuela, fue que al menos las detuvo en una época en que eran las mejores versiones de ellas mismas, chicas jóvenes que se ruborizaban, llenas de vida y entusiasmadas por lo que les ofrecía la vida. Para ellas, por lo menos la enfermedad no las había dejado en un limbo incierto.
Finalmente, la salud de papá mejoró y pudo pasar más tiempo con nosotras en casa; pero, sus exigencias aumentaron, y, de repente me sentí como una niña de nuevo, tratando de ganarme su aprobación. Hubiera dado cualquier cosa a cambio de sus elogios y me esforcé más y más allá de lo que debía. Mi cuerpo me detuvo en seco con un caso grave de neumonía. Pero, tiempo no había para enfermarse, con el estado mental de mamá y las necesidades médicas de papá. Y no había tiempo para mis necesidades; satisfacer esas necesidades era una idea tan absurda que casi nunca se me ocurrió. Algunas veces me hacían falta esas cosas que me gustaban: leer, cocinar, ir de compras, dormir. Pero, como no quise reconocer que estaba tratando de abarcar más de lo que podía, me esforcé demasiado sin prestar atención a los signos de que todavía no estaba curada de la neumonía, hasta que terminé en el hospital.
Fue entonces cuando terminé por aprender lo que me había tomado tres generaciones de aprendizaje. Prestar cuidados a otros empieza por cuidarse uno mismo. Ocurre con demasiada frecuencia que los que deben cuidar a otros caen en esa misma trampa en la que caí yo; dan tantos cuidados a otros que se olvidan de sí mismos. Y ese error casi me costó la vida. En los últimos dos años casi no me había cuidado a mí misma.
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