Fue durante una de las estadías más largas de mi padre en el hospital cuando ocurrió la transición de la enfermedad de mi madre, de moderada a grave. Yo estaba agotada después de una semana de idas y venidas al hospital y tratando con los numerosos especialistas que entraban y salían de la habitación de papá más rápido de lo que las compañías aseguradoras podían ocuparse de las facturas. La mayoría de nuestras conversaciones giraban en torno a papá. Me di cuenta de que sus repeticiones estaban empeorando, pero esperaba que esto fuera solamente a causa del agotamiento. Una mañana llegué y la encontré dando vueltas por la casa, todavía vestida con su bata de casa rosada.
"¿Mami?" Le pregunté repentinamente, asustada de que se hubiera ido para siempre. Por favor, por favor, recuérdame, recuérdame, recuérdame. "Soy yo, Kathy".
“¿Qué pasa?” Le pregunté, mientras me acercaba.
“¿Qué es este lugar, dónde estamos?”. Tenía una mirada asombrada. “¿Cómo llegué hasta aquí? ¿Dónde está Tom?”. Su voz subió de tono cuando mencionó a mi padre, porque había sido su amor por casi 60 años. Ese tipo de vínculo va más allá de todos los límites, hasta de la enfermedad de Alzheimer.
“No está aquí, mamá, ¿recuerdas?”. Me di cuenta por su mirada perdida de que no recordaba. Y finalmente, pronunció las palabras que yo sabía que iban a llegar un día, pero no esperaba que fuera tan pronto.
“¿Quién eres?”
Mi mamá siempre ha sido mi mejor amiga. Me enseñó tantas cosas, pero no me enseñó cómo sobrellevar ese momento en que se olvidaría de mí. Cómo buscar en esa confusión de su mente, esa única sinapsis, ese punto que desencadenaría el recuerdo de llevar en sus brazos a una bebé, de acostarla en su cama por las noches, de criarla hasta que se convirtiera en mujer.
“¿Mami?” Le pregunté repentinamente, asustada de que se hubiera ido para siempre. Por favor, por favor, recuérdame, recuérdame, recuérdame. “Soy yo, Kathy”. Usé el nombre por el que siempre me llamaba. “¿Recuerdas?”
“¿Kathy?” dijo el nombre como si no fuera algo que había dicho miles de veces. “No, tengo dos hijos, pero no podía tener más hijos”.
“Yo sé, pero recuerda, me adoptaste, tú ...” Movía la cabeza con agitación, por eso no seguí. Sabía que si se alteraba sólo se apretaría el nudo, no se aflojaría. “Tú y papá viven aquí. Mira, esta es tu habitación” y la llevé a ver cosas conocidas, como fotos de nosotros juntos, que siempre mantenía a la vista. Era importante mantener recordatorios diarios de nuestro vínculo, ya fuera que me conociera como hija, o simplemente como una mujer que los cuidaba, quería que me viera como alguien familiar. La vista de sus colchas y sus fotos y su cama parecía calmarla, pero todavía sus ojos no mostraban que reconociera algo.
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