In English | María Russo está parada en el porche de su casa mientras el humo del cigarrillo flota por encima de su cabeza. Es enero y una lluvia suave pero helada está cayendo en la calle donde vive, en Queens, Nueva York. Mira primero hacia arriba de la cuadra y luego hacia abajo. No lleva puesto un abrigo, pero no parece sentir el frío.
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Giuseppe Russo. — Cynthia Ramnarace
Hace dos meses, su esposo salió por esa misma puerta y nunca más se supo de él. Si caminó hacia arriba o hacia abajo de la calle, Russo no lo sabe. Pero, sí sabe que estaba lloviendo el día en que su esposo se fue. Sabe que hacía frío. Y también sabe que Giuseppe Russo, de 72 años y con la enfermedad de Alzheimer, sólo llevaba puesta su ropa para hacer ejercicio y un sombrero; no llevaba abrigo, dinero, ni billetera.
“Uno se pregunta ¿dónde está, qué lleva puesto, por qué hizo esto?” dice Russo, de 56 años, sentada frente a la mesa de la cocina; por lo ancho que le queda su uniforme de trabajo se deduce que ha perdido mucho peso desde que su esposo desapareció. La voz de María Russo, que revela un marcado acento italiano, se quiebra. Se enjuga las lágrimas y mueve la cabeza. “Sigo pensando en lo que hizo ese día, en lo que dijo, porque no puedo encontrarlo”.
En mayo, la familia Russo se enteró por qué Giuseppe, un inmigrante italiano que dedicó su vida a proveer el sustento de sus tres hijos, había cambiado tanto. Constantemente andaba buscando cosas que había extraviado, como por ejemplo, su billetera. Siempre estaba agitado y, de repente, empezaba a gritar, lo que era totalmente ajeno a su carácter. Su comportamiento se había vuelto extraño: se le ocurría lavar el auto a medianoche; tomaba su ducha y preparaba el desayuno a las 3 de la madrugada, como si se estuviera preparando para empezar su día.
“Demencia”, dijo el médico. Le dio una prescripción a Giuseppe, a quien también llamaban Joe, para comprar un sedante. No hubo una reunión entre el médico y la familia, algo que ahora, en retrospectiva, lamentan amargamente Russo y su hija María Ingrassia. No tenían la menor idea de que esa nueva costumbre de Giuseppe de preparar el desayuno y darse una ducha a medianoche eran senales de que empezaba a alejarse física y mentalmente.
“El médico supuso que habíamos entendido lo que estaba pasando, pero no lo entendimos”, dice Ingrassia.
El 4 de noviembre del año pasado, María Russo salió de su casa a la una de la tarde para ir a su trabajo de guardia de autobús, donde se hace cargo de que los niños con necesidades especiales lleguen a sus casas sanos y salvos. Recuerda a Giuseppe viendo la televisión. Él le expresó su preocupación porque ella no había almorzado. Le dijo que tenía jaqueca y comería cuando regresara a la casa.
Cuatro horas más tarde regresó y encontró la casa vacía. Russo buscó durante una hora antes de llamar a su hija, quien de inmediato llamó al 911. La policía llegó de inmediato. Un perro captó el rastro de un olor, pero lo perdió. Por tres días, buscaron con helicópteros. Diez días más tarde, un grupo de voluntarios buscó en los pantanos cercanos. Varios equipos de búsqueda se internaron en los pantanos. Nada.
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