Para algunas entrevistas, fijé la cámara con un trípode y me senté cerca de ellos, lo que me permitió concentrarme en las preguntas y respuestas. Mis dos hermanas, Dora y Alice, fueron mostrándome fotos a medida que recordaban momentos claves de su vida. Mi cuñado, Bill Sutherland, caminó alrededor de la casa mientras describía el material gráfico que había realizado. Percibí que mi hermano Ramon podría llegar a sentirse un poco nervioso con la grabación, así que me senté cerca de él y, con la cámara prendida, tuvimos una charla de hermanos.
Una perspectiva más clara
Me fascinaron los relatos que escuché y la historia que aprendí.
El incendio fue en 1934, cuando mis hermanas Dora y Alice tenían 5 y 3 años de edad, respectivamente. Ellas recordaron a nuestro padre, Florencio E. Sotomayor, quien, para mantener a la familia, cultivaba verduras en una granja al noroeste de Tucson. También recordaban la caña de azúcar y los pimientos dulces que resultaron premiados en la Feria Estatal de Arizona. Dora también recordó, en detalle, la mañana del domingo en que se subieron al camión
familiar, junto a nuestros padres y a nuestro hermano Ramon, quien, en ese entonces, era un bebé. Esa mañana, concurrieron a misa en la Iglesia Católica de la Sagrada Familia y visitaron a parientes que vivían en el pueblo.
Tarde ese día, cuando regresaban por el camino sin pavimentar y desierto, rodeado de saguaros gigantes y mezquites, fueron sorprendidos por una humareda que provenía de una pila de cenizas humeantes. Entonces, la realidad los golpeó: su hogar se había quemado hasta los cimientos.
“Mamá, papá y todos comenzamos a llorar —recordó Dora—. Mamá gritaba: ‘Mi casa. ¡No hay casa!’”. La casa, la ropa, los muebles y los recuerdos familiares se habían perdido. Para mamá, que en ese entonces tenía 24 años, fue especialmente doloroso perder su hermoso vestido de bodas. Mis padres nunca supieron qué fue lo que inició el fuego, que también quemó sus corazones.La joven familia se mudó a la casa de mi abuela paterna, Maria Antonia Encinas, cuyo hogar —que también estaba en la propiedad familiar— no había sido alcanzado por el fuego. Mamá, aparentemente, se guardó para ella el trauma emocional, y muy rara vez hablaba de lo sucedido.
Papá retomó los trabajos de granja y utilizó materiales de desecho para agrandar la casa de su mamá. Nuestro segundo hermano, Ernesto, nació en 1936.
A través de las grabaciones y del trabajo genealógico de Alice, también me enteré de que el padre de nuestro padre había inmigrado a Tucson desde Sonora, México, en la década de 1880, cuando Arizona ya era un territorio estadounidense. Se convirtió en ciudadano norteamericano, se casó y adquirió una propiedad bajo la Ley Federal de Propiedad, que concedía tierras públicas, que no estuvieran ocupadas, a los colonos.
En 1938, aún afectados por la Gran Depresión, mi abuela y papá vendieron la propiedad familiar a un precio muy barato y se mudaron al pueblo. Papá comenzó a trabajar como jardinero en un hotel y, con barro y paja, construyó una casa de adobe en un barrio mexicanoestadounidense. Me crié en un cariñoso hogar bilingüe y bicultural, en la calle Erie, en el barrio Hollywood de Tucson, en el que el Trío Los Panchos y Frank Sinatra poseían la misma jerarquía.
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