Como pasa a menudo cuando llega un bebé a la familia, las expectativas que teníamos la una con la otra empezaron a cambiar en direcciones opuestas: yo esperaba que Donna disminuyera su horario de trabajo; ella esperaba que yo me encargara de la mayor parte del cuidado del bebé y de los quehaceres domésticos. Con el tiempo, a medida que aumentaba el estrés, Donna y yo perdimos la costumbre de ser amables entre sí. Dejamos de comunicarnos y empezamos a sentir resentimiento mutuo.
Dejé a Donna cuando Tommy tenía tres años de edad. Si hubiera estado casada con un hombre, hubiera tenido todas las expectativas, como encargada de la crianza de mi hijo, a llevármelo conmigo, y quizás recibir algún tipo de pensión alimenticia para compensar los años de ingresos y potencial de ganancias disminuidos. Pero como no soy, oficialmente, la mamá de Tommy, no podía negociar un acuerdo de custodia vinculante, ni mucho menos hablar de manutención.
En teoría, hubiera hasta podido dejar a Tommy y a Donna y nunca mirar atrás. Nunca ayudarlos. Nunca visitarlos. El estado de Virginia —que irónicamente promociona los valores de la familia— no me exige nada. Por supuesto, nunca se me ocurrió proceder de tal manera. Lo que más temía era que de algún modo me apartaran de Tommy; eso hubiera partido mi corazón en un millón de pedazos. Y Donna, legalmente, tiene el derecho a negarme el acceso a él; algo que no ha hecho ni nunca haría.
Al final, ella y yo acordamos una custodia compartida en igualdad de condiciones, tras negociaciones tensas y costosas con mediadores, que necesitábamos consultar en vez de abogados, pues nuestro acuerdo caía fuera del sistema jurídico. De hecho, tuvimos que redactar nuestro acuerdo con mucho cuidado, ya que una ley que entró en vigencia en el 2004 en el estado de Virginia amplió la prohibición del matrimonio entre personas del mismo sexo a incluir "otros acuerdos entre personas del mismo sexo que pretenden conceder los privilegios u obligaciones del matrimonio", uno de los cuales es la custodia de un menor. Así que aún cuando Donna y yo hacíamos lo correcto bajo la más difícil de las circunstancias, Virginia estaba deseosa de recordarnos que nuestra "clase" es diferente a los demás residentes del estado.
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