A la mañana siguiente —una de esas mañanas en que te despiertas, parpadeas para comenzar el día y, un descorazonador minuto más tarde, te das cuenta de lo que acaba de suceder, y sientes que una piedra inmensa te presiona contra la tierra, con una fuerza tal que verdaderamente crees que nunca te podrás levantar— el teléfono sonó... y era Jack.
No quería escuchar ninguna voz, ni siquiera la suya. Sólo deseaba que la oscuridad me cubriera.
Sabía que me preguntaría si había algo que él pudiera hacer. Pero debí haberme dado cuenta de que ya lo había hecho.
“Estoy en Chicago”, dijo.
Entendí mal; pensé que se estaba ofreciendo para venir a Chicago.
“Tomé el primer vuelo esta mañana”, dijo. Apenas se enteró, vino de inmediato.
“Sé que probablemente no quieras ver a nadie —señaló—. No hay problema. Me registré en un hotel, y me quedaré en la habitación por si necesitas que haga algo. Puedo hacer lo que quieras, o puedo no hacer nada”.
Y lo decía en serio. Jack sabía que lo mejor que podía hacer era estar presente en la misma ciudad; decirme que estaba allí. Y sólo se sentó a esperar; supongo que habrá visto televisión o habrá hecho algún trabajo, pero esperó hasta que reuní la fuerza para decirle que necesitaba que estuviera cerca. Me ayudó con las cosas para las que ningún hombre quisiera necesitar ayuda; la mayor parte del tiempo se sentó conmigo y supo que no necesitaba conversar, que yo no quería hacerlo, que no necesitaba nada más que saber que él estaba conmigo. Trajo comida para mis hijos y, compartiendo mi silencio, me acompañó en esos días.
Cerca del final, llevé pizza a su casa. Parecía estar semidormido.
“¿Me trajiste pizza?” preguntó, con un tono que era de aprobación y reprimenda al mismo tiempo. ¿Daba él, en ese momento, la impresión de ser una persona preparada para sumergirse en una pizza grande de pepperoni?
“Tal vez no fue la mejor idea”, respondí.
“Estoy un poco cansado”, comentó.
“Entonces, puedo volver más tarde —dije—. Estuve caminando por los alrededores. Puedo caminar un poco más, mientras duermes una siesta”.
“Greene —preguntó mientras se incorporaba—, ¿qué tienes puesto?”
Traía una chaqueta y un par de jeans, ambos empapados por la lluvia.
“No puedes estar vestido con eso”, señaló.
“Estoy bien”.
“No, no —dijo—. Tengo una chaqueta abrigadora que puedes usar”.
“No la necesito”.
Llamó a su mujer, que estaba en la planta baja: “Janice”. Ella no respondió. Se esforzó para llamarla aún más fuerte: “¿Jan?”
“Jack, no necesito una chaqueta más abrigadora”.
“No te irás sin mi chaqueta”, dijo. Se sentó, puso los tubos de oxígeno al lado de la cara e intentó llamar a su esposa, gritando: “¿Jan?”
“No hagas eso —dije—. No es bueno para tu voz”.
“No lo haré si me prometes que te llevarás mi chaqueta”, respondió. Janice apareció en la puerta de la habitación.
“Tengo una chaqueta negra y abrigadora en el armario de abajo —le dijo—. Mira lo que tiene puesto Greene. No lo dejes irse sin que se ponga mi chaqueta”.
Janice me miró y se encogió de hombros. “Ya lo escuchaste”, dijo.
Jack se recostó. “Prométemelo, Greene”, me pidió.
“No me iré sin la chaqueta”, le prometí. Jack se durmió; Janice y yo bajamos. Ella fue hasta el armario y me pasó una chaqueta negra.
“Póntela —me dijo—. Sabes que me preguntará si lo hiciste”. Así que me la puse. Salí de la casa mientras Jack descansaba; el aire todavía estaba húmedo y áspero. El círculo se ha cerrado, pensé. Todavía sigue cuidando de mí.
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