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El chino latino y la fuga

Ramón, el padre de mi padre, se llevó a la tumba secretos tan profundos como los de su esposa Rafaelita. Tal vez el más importante: No es del todo cierto que su apellido y, por lo tanto, el de mi padre y el mío, sea el verdadero. En realidad ¡es probable que no seamos Hernández!

Según las historias de la familia, el padre de Ramón era chino. Si eso es cierto y la costumbre de poner nombres siguió la tradición y lo que la ley mandaba, yo debiera tener apellido chino.

A pesar que mi abuelo Ramón nunca fue a la universidad, él contaba con una curiosidad intelectual insaciable. Trabajó a tiempo parcial como periodista y fue una especie de ingeniero autodidacta. Luego del devastador huracán de 1933 (tan famosamente destructor que hoy los cubanos todavía hablan del "huracán del '33") él reconstruyó los calderos principales del ingenio de azúcar donde trabajaba y rediseñó el acueducto que suministraba agua para Cárdenas.

Fue cuando estaba en mis treintas, que por primera vez oí la historia de que el padre de Ramón fue uno de los 140 mil trabajadores que emigraron a Cuba desde China a mediados del siglo diecinueve. Fue un comercio cruel. Los chinos vinieron “por lo general, con contratos de ocho años y, por lo tanto, no se les consideró como esclavos”, escribe el historiador Hugh Thomas en su monumental obra Cuba: The Pursuit of Freedom (Cuba: La Lucha por la, libertad). “No obstante, los chinos fueron persuadidos, fueron engañados con las promesas de una buena vida por los agentes chinos de los comerciantes”.

¿Fue mi bisabuelo uno de estos desafortunados? Los registros escritos indican que no lo fue. En el certificado de nacimiento de mi padre, Manuel Hernández Arencibia, aparece como su abuelo, y no un nombre chino. Por supuesto, los chinos que llegaron a Cuba adoptaron con frecuencia nombres españoles. Sin embargo, información llegadas días después proveniente de las fuentes de Mayra hace menos probable la conexión china: el certificado de nacimiento de Ramón indica que sus abuelos paternos, mis tatarabuelos, fueron Mateo Hernández Jiménez de La Habana y Josefa Arencibia Álvarez de Matanzas. O sea, que incluso, el padre de Manuel era un Hernández.

Una cosa sí es cierta: casi todos los chinos de Cuba eran varones. El censo de 1861 encontró a 34,834 “asiáticos”, de los cuales sólo 57 eran mujeres. Según el censo de 1919, en Cárdenas había 215 chinos, todos varones. Entonces, es casi seguro que mi bisabuelo chino, si es que existió, formó una familia con una mujer que no era china.

Esa mujer hubiera sido “Pilarcita” Serrano, madre de Ramón y mi bisabuela.

El nombre completo de Pilarcita aparece en el certificado de nacimiento de mi padre: María del Pilar Serrano Philpot. No indica el lugar de nacimiento. Aún incluso antes de enterarme que mi bisabuelo pudo haber sido chino, conocía la leyenda familiar de que Pilarcita había nacido en Tampa, cuando era la sede de una comunidades cubanas y españolas. La leyenda cuenta que su padre fue un médico en España, cuyos adinerados padres daban empleo a una criada inglesa llamada Seraphine, o Serafina, Philpot. El médico y Serafina se enamoraron, pero él era católico, descendiente de una familia de clase alta y ella era protestante, tan solo una empleada doméstica.

Supuestamente, se fugaron y se encontraron con el acogedor recibimiento a la cultura hispana en Tampa. Pero la pareja murió en un accidente ferroviario y su pequeña hija Pilarcita, que sobrevivió, fue adoptada por una familia de Cárdenas, lugar donde creció.

Cuando los genealogistas se enfrentan con tradiciones familiares y documentos que no corroboran esas tradiciones, hay que buscar indicios en la historia. La comunidad cubano y española de Tampa fue fundada en 1886, en la época en que Vicente Martínez Ybor estableció una fábrica de tabacos —lo que es una fecha incompatible con la tradición de la familia. Pilarcita no pudo haber nacido en ese entonces, debido a que hubiera sido una niñita en 1893 cuando nació su hijo, mi abuelo Ramón.

A pesar de todo, aún cuando la leyenda de Tampa esté equivocada, es posible que el doctor Serrano y Serafina, mis tatarabuelos, se hubiesen fugado en una época anterior a otra cuidad de Estados Unidos: tal vez Nueva York, o Key West, que ya contaban con comunidades hispanas en la década de 1830. Intenté con Serrano y Philpot (bajo diversos deletreos) en la lista de pasajeros de Castle Garden, Nueva York, donde llegaron 10 millones de inmigrantes entre 1830 y 1892. Nada. Intenté en Key West, Nueva York y otros puertos del sitio en internet del Immigrant Ships Transcribers Guild. Nada, todavía. Tampoco nada en las notificaciones de arribo del viejo New York Times. Intenté en la lista de pasajeros de CubaGenWeb con destino Cuba en el siglo diecinueve. Otra vez, nada.

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