El sobre fue enviado por el padre Andrés y traía malas noticias: los archivos de la parroquia se habían quemado durante la Guerra Civil Española (1936-39). Que pena, pensé. En España, los registros municipales datan sólo desde mediados del siglo diecinueve, mientras que los registros parroquiales empiezan en la década de 1540, según Mayra Sánchez-Johnson, una genealogista que se especializa en investigaciones sobre Cuba y España. Muchos siglos se perdieron con la destrucción de los archivos de San Llorenç.
Pero el padre Andrés también tenía noticias buenas: uno de sus feligreses se llamaba Martí Tomás Surós. “¿Es tal vez familiar suyo?”, preguntaba el padre. Yo no sabía, pero me imaginaba que quizás sí, si el apellido Surós era tan poco común como decía mi familia..
En 1991, seis años después de enterarme de Martí Tomás Surós, lo conocí. Subiendo con mi esposa por la carretera desde Barcelona, Maçanet de la Selva apareció al oeste, sus lomas azules como un telón a la distancia. Allí estaba el campanario milenario de San Llorenç y las casas del pueblo con sus tejas rojas a su alrededor.
Martí era un hombre vigoroso, con una melena de pelo plateado. Me invitó a almorzar en su casa, cerca de la plaza de San Llorenç. Mientras degustábamos pollo y butifarra, me dijo que creía que éramos parientes, pero que no sabía cuál era la relación. Era un hombre versado en asuntos de la localidad; Martí era miembro del Taller d’Historia de Maçanet.
En el Taller d’Historia, Martí pudo buscar más allá de los perdidos archivos parroquianos. Conocía archivos particulares, y sabía que los documentos guardados en la alcaldía habían sobrevivido a la guerra. Sus habilidades como investigador quedaron recompensadas cuando descubrió el certificado de defunción de Tomás Surós Buadas. Este documento nombraba a cinco hijos, incluyendo a uno llamado Jaime, mi bisabuelo materno “Bitito”, tal como lo llamaban sus hijos. Dice el documento que Tomás falleció el 24 de diciembre de 1883, época en la cual Bitito ya se encontraba en Cuba. Nunca antes había escuchado nada sobre mi tatarabuelo Tomás y ni siquiera Nana sabía su nombre. Sin embargo, ella se acordaba de que cuando era niña la familia no celebraba la cena de Nochebuena mucho mas acalladamente que otros cubanos. Ahora entendí que recordaban el día en que el padre de Bitito falleció en la lejana España.
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