In English | Dirijo la atención hacia mi Columbia Encyclopedia, de un volumen, a pesar de que realmente no la necesito. Es difícil que se nos escape: enorme, pesada y no particularmente atractiva. Tiene casi 50 años, pero no es una pieza de colección, ni lo será. Y es totalmente obsoleta: mucha de la información que contienen sus 2.300 páginas en letra diminuta ya no tiene vigencia o ni siquiera es verdadera. Cualquier verdad que todavía contenga podría encontrarse mucho más rápido con una simple búsqueda en internet, que también tiene la ventaja de evitarle una potencial hernia o una lesión por fatiga crónica. Debería señalar que no se trata de una especie de reliquia familiar; de hecho, acabo de comprarla en una venta de objetos usados. Lo hice a pesar de que no tengo idea del uso que le voy a dar, ni espero tenerla nunca. La compré porque costaba dos dólares, ofrecí uno y mi oferta fue aceptada. ¿Mencioné que fue en una venta de objetos usados?
¿Hace falta agregar algo más?
La mayoría de los sábados en la mañana, y muchos domingos, algunos viernes y hasta algún esporádico jueves, alguien, en algún lugar cerca de su casa, en busca de simplicidad y siguiendo el espíritu del karma o identidad cósmica, o haciendo lo correcto en un acto de generosidad, decidirá, por una miseria, ceder algunos de sus más preciados tesoros a completos extraños, uno de los cuales puede ser usted. Al mismo tiempo, alguien, en algún lugar cerca de su casa, que desea limpiar su cobertizo y ganar dinero de manera rápida, convencerá a unos extraños totales, uno de los cuales puede ser usted, de que paguen por el privilegio de llevarse su basura. Estas dos situaciones dispares en realidad pueden estar sucediendo en la misma casa, en el mismo césped o en el mismo garaje. Podrá quedarle claro a cuál fue usted sólo a la mañana, a la semana o al mes siguiente, o tal vez sólo cuando le muestre a alguien más lo que compró y le diga cuánto pagó por ese artículo. Si se diera la primera situación planteada, felicitaciones y bienvenido al club, pero si se tratara de la segunda, por favor, acepte mis condolencias. Y bienvenido al club.
Durante el tiempo en que la gente ha tenido cosas, también ha encontrado un motivo, cada tanto, para deshacerse de ellas. Existen, tradicionalmente, muchas formas de hacerlo: puede obsequiarlas o publicarlas en el diario, o dejarlas en consignación en algún negocio o en alguna casa de subastas, o tirarlas en la calle y huir a la mayor velocidad posible. Pero si usted tiene un jardín al frente, una entrada para autos o una sala de estar, es probable que al menos considere organizar una venta de objetos usados. Y si vive en un área donde otras personas tienen estos espacios, hay más probabilidades de que haya asistido a algunos de estos eventos. Y si lo ha hecho, no existen dudas de que tiene su propia versión de The Columbia Encyclopedia en algún lugar de su casa; un florero espantoso que compró en broma, pero que le da vergüenza usar de verdad; un cuadro que no luce en su vestíbulo tan bien como imaginaba; o algunos discos LP antiguos que le encantaría volver a escuchar, si alguna vez encontrara un tocadiscos que funcione en otra venta de objetos usados. No se preocupe, lo encontrará.
Entonces, ¿que tienen las ventas de objetos usados que a muchos nos hace brotar nuestro lado caprichoso, poco práctico, que desea cosas? Lo responderé en un momento; es una pregunta complicada. Una venta de objetos usados es, en sí misma, una propuesta simple, sencilla: para tirar sus pertenencias, todo lo que tiene que hacer es sacar los objetos indeseados de su casa, acomodarlos en el jardín delantero (o donde sea), pegar algunos precios y esperar que otra gente, amigos, vecinos y, en su gran mayoría, extraños, se acerquen y los compren. Se puede confiar completamente en que el destino guíe al tráfico que circula hasta el lugar o se lo puede ayudar pegando carteles en los postes de iluminación o en las cabinas telefónicas, o publicando un aviso en el periódico local. Y si se siente aventurero y disfruta el regateo, ni siquiera necesita pegar los precios. Pero yo lo haría: después de una o dos horas, su sentido de aventura y su amor por el regateo tienden a degenerarse en mal humor y en una profunda animosidad hacia esa multitud que se congrega en su jardín y elije entre sus cosas viejas.
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