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Las historias escondidas

Ventas de garaje

¿Cuál es el irresistible atractivo que tienen los trastos ajenos? Un cazador de ofertas da su granito de arena.

Venta de Garage

— David Lauridsen

Como se habrá imaginado, me encantan las ventas de objetos usados; siempre me han gustado, desde que era niño. En los últimos 30 años, aproximadamente, he asistido a probablemente miles de ellas, en todos lados, desde St. Petersburg (San Petersburgo), Florida, hasta San Petersburgo, Rusia. Así es que me siento cómodo brindando algunas generalidades. Para comenzar, las ventas de objetos usados por lo general empiezan y terminan temprano. Usualmente se organizan al azar y siempre ofrecen, al menos, unos pocos artículos (se me ocurren esos peces cantores que se cuelgan en la pared), que le hacen a uno preguntarse en qué estarían pensando los compradores originales. Los libros tienden a estar marginados en cajas, acomodadas en el piso, de modo que uno tenga que agacharse para leer sus lomos. Los vendedores a menudo se acercan, ya sea en tono demasiado alegre y amable, o aburrido y hosco, según la hora a la que usted aparezca y cómo vayan las cosas. Los compradores que llegan cuando comienza la venta tienden a lucir concentrados y metódicos, y usualmente se van con las mejores piezas. Los que llegan tarde (como yo) están más relajados y errantes, y usualmente se van habiendo hecho algún buen negocio. La mayoría de los precios son flexibles. Pocos vendedores aceptan cheques. Y a nadie le gustan los denominados madrugadores, esas personas que aparecen antes de la hora de comienzo anunciada. Esta es la generalización sobre ventas de objetos usados más segura de todas. Si ve un aviso en el periódico que no especifique que “No se aceptan madrugadores”, es probable que se trate de un error de imprenta. En todas mis décadas de ventas de objetos usados sólo una vez vi un aviso que decía: “Los madrugadores son bienvenidos”, y estoy seguro de que era una trampa.

Por supuesto, en algún sentido, todas las ventas de objetos usados son, de hecho, trampas, y el cebo usado en esas trampas son las leyendas. Todos conocen al menos una leyenda de venta de objetos usados, una historia de un hallazgo increíble, un negocio exorbitante que de verdad, pero de verdad, ocurrió, generalmente a otra persona. A mi madre le gusta contar sobre un hombre que, en una venta de bienes en Arizona, pagó unos cientos de dólares por un cuadro que resultó valer millones. Hace un par de años leí un artículo sobre un sujeto que fue a otra venta de bienes, esta vez, en la zona este de Long Island, y encontró, en un baúl viejo, lo que hoy se considera la bandera colonial estadounidense más antigua que existe, que fuera portada por una unidad de la milicia de Connecticut en la guerra entre franceses e indios. El artículo no especificaba el precio que pagó el hombre, pero estoy seguro de que fue mucho menos que los alrededor de $500.000 en que ha sido valuada desde entonces.

Tal vez la venta de objetos usados más legendaria de todos los tiempos se produjo en 1882, a pesar de que hoy se la haya olvidado casi por completo. Cuando el presidente James Garfield fue asesinado, en 1881, su vicepresidente, Chester Alan Arthur, asumió la presidencia, pero se negó a mudarse a la Casa Blanca, que estaba, según parece, mostrando su edad, con las tuberías picadas y paredes desmoronándose. Luego de algunas vacilaciones, el Congreso cedió a las demandas de Arthur y destinó fondos para lo que fue, en esencia, una renovación muy interna. Como parte del proceso, el Presidente recorrió cada habitación de la casa y tiró las cosas que los ocupantes anteriores y sus familias habían dejado olvidadas. Y había muchas. Mezclados entre objetos de dudoso valor (escupideras, lámparas, trampas para ratones) había alfombras y candelabros, muebles alguna vez utilizados por James Monroe y Andrew Jackson, un antiguo sombrero andrajoso que había decorado la cabeza de John Quincy Adams, un par de pantalones de Abraham Lincoln. Uno de los objetos más inusuales fue un aparador obsequiado a la Primera Dama (y célebre abstemia) Lucy Hayes por parte de la Women's Christian Temperance Union (Unión Cristiana Femenina de la Templanza), en agradecimiento por negarse a servir bebidas alcohólicas en la Casa Blanca. Arthur hizo que se deshicieran del alcohol junto con todo lo demás —24 carretas llenas— y vendió hasta lo último al público. Uno de los compradores más entusiastas fue el marido de Lucy Hayes, Rutherford B., quien, según se dice, se llevó la suficiente cantidad de muebles como para equipar su casa de jubilado, en Ohio. Sin embargo, no consiguió el aparador, que fue comprado por el dueño de un bar local, que, según los informes, lo exhibió prominentemente en su establecimiento, bien abastecido con bebidas alcohólicas de alta ´graduación durante los años sucesivos. Y usted se creyó inteligente al convertir ese viejo cofre de herramientas de madera en un alhajero.

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