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Compradora adicta se confiesa

La sicótica transformación de una mujer víctima de su manía consumista.

Compradora adicta se confiesa


— Natasha Vasilijevic/Gallery Stock

In English | ¿Cómo una mujer con un armario tan lleno puede sentirse tan vacía por dentro?

Esa es la pregunta que se hacía a sí misma la escritora de modas Avis Cardella, sumida en una adicción total a las compras compulsivas, que la llevó a comprar todos los días sólo por experimentar ''la excitación del comprador'', a dejar de comer para comprar ropa de diseñadores famosos, y a llenar su armario con bolsas repletas que nunca abrió.

Entretanto, las deudas por usar la tarjeta de crédito aumentaban vertiginosamente, hasta el punto de no poder pagar ni el alquiler de su vivienda.

En su libro Spent: Memoirs of a Shopping Addict (Vacía: memorias de una adicta a las compras), Avis Cardella utiliza una narrativa similar a una confesión para trazar las profundas raíces psicológicas de su dependencia, una aflicción sorprendentemente generalizada, a la que se le resta importancia al considerarla como algo ''irrelevante'' o sencillamente alegando que ''es lo que hacen las mujeres''. Ella trata de echarle la culpa de este desagradable hábito a las revistas de moda y al entorno social.

En septiembre de 2001, el libro de Cardella nos recuerda que el Presidente George W. Bush y el alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, instaron a los estadounidenses a demostrar su patriotismo saliendo de compras. Y aun en nuestra crisis económica actual, generada en parte por los préstamos ilimitados, nosotros, los consumidores, no hemos dejado de gastar. Una disminución considerable del consumo transformaría una economía como la nuestra de manera radical y preocupante.

Más consciente de sí misma después de una década, Avis Cardella mira hacia atrás y recuerda cómo utilizaba las compras para definirse y evitarse al mismo tiempo. A finales de los años noventa, cuando trabajaba como escritora independiente y vivía en Manhattan, permitía que los hombres con los que salía le financiaran lo que no financiaban sus trabajos como escritora: una imagen ''cuidadosamente calibrada'' basada en un guardarropa perfecto, un círculo de amigos elegantes, y fines de semana frecuentes en los Hamptons. (Con su confesión de la ''búsqueda de la perfección superficial'', la autora parece estar perversamente decidida a anular nuestra simpatía por ella). Sin embargo, Avis Cardella no es la primera, la única ni la última consumidora en caer víctima de esa ''obsesión de los estadounidenses de tener más, consumir más y exhibir más de los símbolos materiales del éxito''. Sus colegas, los compradores adictos, existen desde hace tres siglos, desde Mary Todd Lincoln hasta Imelda Marcos y Victoria Beckham. También cita investigaciones y estadísticas (por lo menos, el 6 por ciento de los estadounidenses tienen una compulsión por comprar) para reforzar su argumento de que tenemos un problema nacional de consumismo, y que es necesario reconocerlo y resolverlo.

A pesar de todas sus explicaciones acerca de la influencia de factores externos, su problema tenía raíces psicológicas y no sociales. Ella utilizaba la ropa para darse y cambiarse de forma a sí misma, creando un exterior pulido destinado a protegerla de las dudas sobre sí misma y a aislarla del dolor que sentía por la muerte de su madre. Su frágil autoestima la condujo directamente al ''barniz de la buena vida'', y este ''artificio externo'' aprobado por la sociedad más que su propio ser y su sentido del estilo le agradó.

A medida que describe sus síntomas de compradora —por ejemplo, esconderse de las llamadas de los acreedores, pedir dinero prestado a los amigos, comer menos para gastar más— se nos presenta como desequilibrada. Su voz es tímida y mordaz, aunque denota a la vez exageración y hastío; su conversación está llena de observaciones y caracterizaciones sarcásticas que parecen ingeniosas, pero que sin quererlo suscitan la pregunta de si acaso ella no será propensa a la mentira.

Introducir a los lectores en su vida de esta forma es arriesgada y valiente, como lo es la exposición que hace en Spent de su persona que, sin duda alguna, es fascinante e interesante a la vez. Sin embargo, como narrativa, el libro de Avis Cardella resulta muy parecido a la chaqueta de piel de conejo de su madre que tanto la avergonzaba: ''hecha de retazos de diferentes colores''. Las anécdotas aisladas están enlazadas por transiciones toscas, y el argumento poco convincente del libro parece reflejar la inestabilidad de la autora; avanza sin una dirección observable, dando detalles de cada compra, pero descuidando ciertos eventos fundamentales, como las rupturas románticas que —según ella— fomentaron su adicción.

Pero esta falta de propósito también es propia del tema en cuestión. A diferencia de los alcohólicos o los drogadictos, los compradores compulsivos no pueden cortar el hábito de una vez; hay que comprar alimentos, reemplazar los zapatos gastados, además de otras funciones de la vida que se deben cumplir. Frente al reto de recontextualizarse ''como alguien que no se defina por su habilidad de comprar ni por sus posesiones'', ella opta por irse a París, ciudad que, sin duda, está menos centrada en el consumo.

Si cada estadounidense adoptara el ''consumo consciente'' —un enfoque más sano a las compras según el cual el consumidor adquiere objetos para complementarse y no para suprimirse—, lo que es, tal vez, el omnipresente y aparentemente benigno acto de comprar, podría despojarse de esa sórdida parte más vulnerable que nos deja sintiéndonos Spent (vacíos).

Christine Thomas, escritora y crítico literario que vive en Hawái.

 

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