Para leer

Fragmento del libro 'Ritmo al Éxito'

Escrito por Emilio Estefan.

Pareja disfrutando de un crucero

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Para mi madre, partir estaba completamente fuera de discusión porque sus padres no se querían ir y mi hermano no podía. Algunos miembros de mi familia comenzaron a dejar la isla. Muchos parientes de mi padre, sus hermanos y sobrinos, trabajaban en negocios particulares y empezaban a sentir la presión del gobierno comunista, sospechando que sus pequeñas empresas privadas serían confiscadas.

La primera en irse fue la hermana mayor de mi padre, Isabel —a la que todos llamábamos Javivi (como habibi que significa “mi amor” en árabe) y su esposo, mi tío Pepe Medina. Él era dueño de un concesionario de automóviles y llevaban una vida relativamente holgada. Las actividades políticas de mi tío, quien escribía artículos y se expresaba en contra del régimen de Castro, los forzaron a decidir la salida. Fueron los primeros en irse y pasaron muchos años trabajando duro en empleos de baja categoría en Miami, para hacer el dinero necesario para sacar a tantos miembros de la familia como fuera posible.

Todo esto sucedía como trasfondo en el momento en que oí tras la puerta a mis padres aquel fatídico día. Fui hasta donde estaba mi madre y le dije que yo tenía que irme para poder lograr la salida de todos. Mi mamá vio que yo estaba absolutamente resuelto a marcharme de Cuba y entre todos se decidió que tratarían de sacarme, junto con mi padre. Alguien en la familia se dio cuenta de que teníamos posibilidad de conseguir entrada en España. Mis abuelos habían nacido allá, por lo que mi madre era eligible para una visa española y esto nos permitiría a mi padre y a mí obtener una visa para viajar a España. Después de decidirnos por España, nos enteramos de que muchos cubanos estaban haciendo lo mismo.

Mis padres comenzaron a tramitar el papeleo en la embajada española en La Habana y mi tía Javivi comenzó a enviarnos el dinero para los pasajes. Era un proceso largo y los resultados no estaban garantizados. Durante aquella etapa de incertidumbre, mis sentidos se aguzaron como yo nunca recordara que lo fueran anteriormente. No quería dormir; me quedaba acostado en la cama estudiando el cielo raso. Me concentraba en tratar de memorizar cada pulgada de mi casa. Y mucho tiempo después todavía sería capaz de recordar su olor.
Ya empezaba a extrañar a mi abuelo y todavía estaba con él.

Al fin, llegó el día; nos otorgaron las visas. Era hora de partir. Mi hermano nos acompañó a mi padre y a mí a La Habana, donde tomaríamos el vuelo con destino a España. Corría febrero de 1967, unas semanas antes de cumplir los 14 años y sería la última vez que estaríamos todos juntos en los siguientes trece años. Si lo hubiera sabido entonces, no estoy seguro de que habría tenido el coraje necesario para abordar el avión. Creo que fue bueno que no lo supiera.

La noche antes de nuestra partida, Papo y yo caminamos y hablamos durante horas. Mi hermano ya estaba casado y tenía una hija. Su deseo de irse de Cuba era más profundo que nunca. Escuchándolo comprendí que no podía ver mi salida del país desde un punto de vista egoísta, no podía preocuparme tanto por mis sentimientos personales; tenía que ver el propósito superior de todo aquello. Pero para mí era tan duro irme. Sentía un peso en el alma.

Mi padre y yo nos fuimos sin nada más que las ropas que llevábamos puestas. No teníamos muchas, para empezar; en Cuba ya se empezaba a sufrir de todo tipo de escasez. La mayoría de los que se iban no se llevaban casi nada.

Recuerdo cada detalle de mi salida de Cuba. Recuerdo que iba tomado de la mano de mi padre mientras subíamos la escalerilla del avión. Recuerdo el olor del avión. Principalmente recuerdo la imagen de mi madre y de mi hermano a través de la ventanilla. Cuando la nave se empezó a mover, empecé a llorar. Y lloré. Y lloré. Y lloré durante todo el viaje hasta llegar a España. Fue como si mi alma se hubiera separado de mi cuerpo. Lo juro por Dios.

Fue ahí cuando comprendí, de la manera más dolorosa posible, que el asumir responsabilidades tiene un costo alto. Me era imposible predecir lo que pasaría en mi vida ni en la de mis familiares, pero en lo más profundo de mi corazón estaba seguro de que estaba haciendo lo correcto. Y estaba resuelto. Había tomado una decisión y había asumido una responsabilidad, y me mantuve fiel a ellas. Este ha sido el principio que ha regido todas las áreas de mi vida desde entonces.

Gracias a esa decisión, nuestra familia volvió a tomar las riendas de su destino, algo que todos deseábamos. Pero de todas las duras lecciones que aprendí a tan tierna edad, esta fue la más difícil y probablemente la más importante. Asumir la responsabilidad puede ser doloroso, y sumamente costoso. Pero no asumir la responsabilidad puede costar todavía más.

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