Para leer

Fragmento del libro 'Ritmo al Éxito'

Escrito por Emilio Estefan.

Pareja disfrutando de un crucero

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Parecia que a más y más personas se les quitaba su medio de sustento. Los empresarios, gente como mi abuelo que siempre habían trabajado por cuenta propia, hallaban difícil, por no decir imposible, trabajar para otros que no tenían ni la más mínima idea de cómo administrar un negocio. La mayoría de las empresas simplemente empezaban a fracasar. La debacle económica y la salida del país se convirtieron en los principales temas de conversación en casa de mi abuela Julia.

La moneda cambió de dólares a pesos cubanos, y quienes tenían dólares tenían que convertirlos en pesos. Era ilícito poseer dólares estadounidenses, o cualquier otra divisa extranjera, en realidad. Un día, soldados fuertemente armados entraron en mi casa y quedé pasmado con su manera de proceder; fueron tan groseros y agresivos. Yo no entendra lo que sucedío. Se dirigieron al dormitorio de mis padres. Un cuadro colgaba de la pared, y detrás de él había una caja fuerte empotrada. Los soldados tumbaron el cuadro y vieron la caja fuerte. Por supuesto, automáticamente dieron por sentado que mis padres escondían dólares y que mi padre estaba haciendo algo ilegal.

Uno de los soldados nos empujó a todos hacia fuera, hasta el patio trasero de la casa. Los tipos no estaban de humor para escuchar explicaciones; tampoco nosotros estabamos muy deseosos de ofrecerlas. Después de tenernos afuera por unos minutos, los soldados llamaron a mi padre. A esas alturas todos estábamos ya muy tensos, cuando oímos a mi papá discutir con un soldado. Mi padre había olvidado la combinación de la caja fuerte. Hacía años que no la usaba, ¿por qué habría de recordarla? Esto empeoró las cosas. Los soldados nos obligaron a sentarnos. Pusieron una carga de dinamita en la caja y la volaron para abrirla. Dentro solamente hallaron algunas joyas antiguas de mi madre y un montón de papeles, nada de valor, y mucho menos nada ilícito.

Daba la impresión de que los agentes del gobierno habían puesto ahora la mirilla sobre mi padre. Mi familia había sido estremecida un poco antes por la detención de uno de mis primos, que había acudido a una embajada extranjera en La Habana para tratar de conseguir una visa. Mi tía, que había ayudaba a mi primo, terminó pasando veinte años en la cárcel por ello. Cada mes que pasaba los riesgos aumentaban.

Muchos de mis amigos y compañeros de escuela ya se habían marchado. Esto sólo sirvió para reafirmar mi resolución de irme. Miles de niños salieron de Cuba solos. Entre 1960 y 1962, 14.000 niños viajaron de Cuba bajo la Operación Pedro Pan, el éxodo de menores sin acompañantes más grande que jamás se haya producido en el hemisferio occidental.

Cerca de la mitad de ellos se reunió con sus familiares en Estados Unidos, mientras los otros fueron alojados en hogares de familias adoptivas norteamericanasque los cuidaron hasta que sus padres o miembros de sus familias pudieron salir. Muchos de ellos no vieron a los suyos por años y años. Algunas familias quedaron separadas para siempre.

Sé que a mis padres les aterrorizaban especialmente esta posibilidad. De todos modos, después de la crisis de los misiles de Cuba en octubre de 1962, se hizo imposible viajar a los Estados Unidos durante tres años. Todos los viajes entre los dos países se suspendieron hasta fines de 1965, cuando ambos gobiernos convinieron en establecer un puente aéreo para todos los cubanos que quisieran trasladarse a Estados Unidos. Pero no fue tan fácil. Aunque los Vuelos de la Libertad se mantuvieron hasta los años setenta, no todo el que quería pudo irse; como mi hermano, por ejemplo.

Mi hermano Papo estuvo a punto de ser un Pedro Pan. Cuando el programa comenzó, solicitó su pasaporte y la familia se preparó para su partida. Tenía entonces catorce años. El gobierno no dejaba salir del país a los jóvenes de entre dieciséis y treinta años de edad porque podrían ser necesarios para servir en el ejército, por lo que el tiempo de Papo se estaba agotando. Pero cuando obtuvo su pasaporte resultó inválido porque habían escrito incorrectamente el apellido. Cumplió dieciséis antes de que se le expidiera un nuevo pasaporte y Papo no se pudo ir. Pasarían otros veinte años antes de que pudiera salir de Cuba.

A mi familia le tomó muchísimo tiempo acostumbrarse a la idea de tener que abandonar el país. Quizás porque, tanto por la línea paterna como por la materna, habían llegado a Cuba desde otros países, se resistían a aceptar irse tan rápido. Habían venido en busca de una vida mejor y la habían construido a base de esfuerzo y trabajo arduo. Tanto los padres de mi padre como los de mi madre habían arribado a Cuba cuando ésta era aún una nación joven. Mi abuelo materno no quería ser inmigrante otra vez.

Cuba había alcanzado la independencia de España apenas medio siglo antes de la revolución. Creo que mis abuelos, e incluso mis padres, pensaban que a eso se debía lo que estaba sufriendo la república naciente, dolores del crecimiento, por así decir. Muchos de nuestros conocidos, que se quedaron durante aquellos primeros años, creían que Castro no era tan malo como algunos pensaban o que eventualmente sería derrocado. No todo el mundo veía en la revolución una amenaza inminente para su modo de vida.

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