En cuanto a los nietos, Allende confiesa: "Yo soy la clase de abuela que los malcría". Agrega: "No trato de enseñarles nada, ni de protegerlos demasiado. Reconozco a mi edad que uno no controla nada.
No temo por mis nietos. Tengo una fe increíble. Una certidumbre de que les irá bien, como me fue a mi misma y como le va a la mayoría de la gente".
¿Piensa que la "segunda juventud" es mejor que la primera? "No, para nada, dice Allende. Yo siento que es otra etapa de la vida, pero no es mejor que la que pasé. Los primeros sesenta años de mi vida fueron una época de tensión, separación, abandono, gran éxito. Mucho amor. Pasión. Viajes. Escritura.
Toda esa mezcla creó una vida muy interesante".
Al contrario de sentir que nos mejoramos al pasar de los años, Allende cree que nos convertimos en "más de lo que somos". Explica: "Es como entrenarse para ser atleta. ¿Quién espera poder correr una maratón repentinamente? Hay que entrenarse. ¿Quién espera poder convertirse en una persona mayor, feliz? Hay que entrenarse para eso también. El entrenamiento consiste en pensar positivamente; en mantenerse sano y conectado a otras personas".
Lo mejor de tener sesenta años, concluye Allende es que "es muy liberador". Agrega, "A mí no me importa un pelo lo que piensa la gente de mi. No me da vergüenza. Vivo un día a la vez de una manera muy feliz y juguetona. Creo que los siguientes años de mi vida serán interesantes. Pero no serán mejores que los años que ya he vivido".
Por alguna razón, uno se va con la impresión que el viaje de Allende apenas ha empezado.
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