Literatura

Gabriel García Márquez: Un retrato a voces

Testimonios inéditos de quienes lo conocieron arman una imagen única del escritor.

Gabriel García Márquez en sus épocas de periodista

Gabriel García Márquez es, como su gran amigo Fidel Castro, el tipo de personaje que quien lo conoció se jacta de ello. No importa que lo quieran, lo admiren o lo lean. Como ocurre con Castro, lo importante es el contacto, aunque haya sido de pasada o tangencial.

Algo así pasa en este libro de historia oral de Silvana Paternostro, Soledad y Compañía: Un retrato a voces de Gabriel García Márquez. Es un libro que se disfruta como quien disfruta, y sabe que no debe, chismes de familia. Aquí están parientes y amigos, admiradores y conocidos, antiguos colegas y vecinos como si estuvieran sentados alrededor de una gran mesa en una cantina bogotana, compartiendo cuentos de uno de los más grandes escritores de la literatura universal.

Mira también: 'La prueba del cielo', una vida más allá de la muerte.

Para ellos, sin embargo, el personaje es más simple. Es Gabo o Gabito, o ese “hijoeputa” o un “mamador de gallo” más en un país que se enorgullece de sus mamadores de gallos (cuentistas). Paternostro nos muestra a un Gabo que en ocasiones no pagaba sus cuentas y se disgustaba si le pedían que lo hiciera; que se le hinchaba la cara cuando escribía; que cuando joven tenía tan poco dinero que vivía en un prostíbulo; y que fumaba marihuana con sus amigos.

Poco a poco, y como en ningún otro libro sobre García Márquez, incluso su autobiografía, Vivir para contarla, se nos revela un hombre distinto. Alguien que se gastó el dinero de sus primeros premios para ayudar a presos políticos y a revolucionarios, que quiso mucho a su mujer, que le pidió a un fotógrafo que retratara su ojo amoratado después del famoso trompazo que le propiciara su antiguo amigo –y también Nobel de literatura– Mario Vargas Llosa.

Soledad y Compañía por Silvana Paternostro

Paternostro logra algo excepcional con este libro: captar no sólo a un hombre en el esplendor de su brillantez e imperfecciones, sino también captar una época. De hecho, varias épocas. He aquí la Colombia pueblerina de su niñez en Aracataca que despierta su imaginación, así como el Bogotá violento y convulsivo que lo convierte en un periodista que escribía notas rápidas y perfectas. He aquí también el Paris intelectual que arropa a algunos de los mejores escritores latinoamericanos.

El precio de la fama

Muchos de los entrevistados dicen que “cambió” luego de la publicación de Cien años de soledad (1967), pero no está claro cómo cambió.

El comentario más revelador al respecto viene de la propia voz de García Márquez en una carta que escribe a un amigo desde Barcelona:

“Esto se lo llevó el carajo”, escribe. “Me está cayendo un promedio de tres lagartos diarios, procedentes de toda América Latina, así que después del verano nos iremos a un apartamento secreto. Todos vienen a explicarme cuál es su anclaje en la angustia universal, y después me dejan unos originales de 800 páginas. Si esto es la gloria, prefiero disfrutar de ella cuando sea estatua”.

Curiosamente, por esos años residía en España, no necesariamente por gusto, sino por afición: la España de Franco era un buen lugar para investigar su próxima novela, El otoño del patriarca. Sin embargo, regresa a Barranquilla, cuenta uno de los entrevistados, porque le hacía falta el “olor de la guayaba podrida.”

Piezas del rompecabezas

Hay otros detalles deliciosos. Dicen que se sentía más cómodo con las mujeres que con los hombres, lo cual es obvio en sus libros. “Es un hombre que ama a las mujeres”, dijo Rose Styron, poeta y activista de derechos humanos, y esposa del escritor William Styron.

En su casa, coinciden otras voces, la que mandaba era Mercedes, su esposa, a quien algunos llamaban “La Gaba”, por su fortaleza e inteligencia.

Su novela favorita era El conde de Montecristo. Y, sin embargo, como relata el escritor William Styron, en una conversación entre Gabo y el expresidente de EE.UU., Bill Clinton, el colombiano le expresó su admiración por el autor estadounidense William Faulkner. Según Styron, García Márquez habría confesado que sin Faulkner “no hubiera sido capaz de escribir una sola palabra”.

Aún con 87 años, cuentan otros que hasta el último día mantuvo su rutina. “Se arreglaba, siempre elegantemente vestido, y bajaba a su oficina, donde lo esperaba su secretaria de toda la vida”, recuerda su amigo y colega, Jaime Abello Banfi.

El día que murió, la casa estaba rodeada de periodistas y admiradores portando flores amarillas. Antes de salir al acto de despedida, su viuda dijo a los que la acompañaban: “Que aquí nadie llora,” contó su amigo Guillermo Angulo. “Aquí es a lo mero macho de Jalisco”.

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