Como director, Affleck logra combinar la seriedad de un thriller político a la usanza del cine de los años 70 como All the President’s Men (Todos los hombres del presidente) (1976) y Three days of the Condor (Los tres días del Cóndor) (1975), con una sátira sobre Hollywood. Esto unido a la magnífica fotografía del mexicano Rodrigo Prieto, le da a Argo un tono casi documental y al mismo tiempo respeta el estilo y colorido del cine de la época. En términos estrictamente cinematográficos, Affleck demuestra con esta producción, su tercera película como director, que está en pleno dominio del oficio.
Sin embargo, Argo tiene una falla fundamental en su trama. El suspenso en el filme depende de que creamos que, mientras que más de 50 personas en la embajada estadounidense están sufriendo abusos y penurias a manos de sus captores, debemos preocuparnos por los otros seis que se encuentran cómodamente instalados en la residencia de un embajador.
Además, Affleck presenta a los seis diplomáticos como un grupo sin características particulares de tal manera que nunca logra realmente transmitirnos cuál es la gravedad de su situación. Esto se agrava si uno compara con las escenas de lo que está sucediendo en las calles y en la propia embajada estadounidense. No se logra transmitir tal gravedad por la sencilla razón de que, en efecto, no existía. En el archivo desclasificado de la CIA que se puede consultar en línea, podemos comprobar lo que el simple sentido común ya nos indicaba al ver la película: Que estas seis personas por lo menos habían logrado huir y que se encontraban, dentro de lo que cabe, “a salvo”. En el archivo consta incluso que los diplomáticos pasaban el tiempo cocinando banquetes gourmet y jugando Scrabble.
Irónicamente Hollywood repite en Argo, lo mismo que intenta criticar: el cinismo con el que los productores se toman libertades al representar la realidad. La película presenta múltiples complicaciones durante el rescate que no sucedieron durante la misión real. No es necesario leer el informe de la CIA para uno darse cuenta de la falta de veracidad, el simple sentido común nos indica que algo “no encaja”.
Es claro que el guionista (Chris Terrio), sabía que de haber presentado los hechos tal como realmente ocurrieron, y como los narra el propio Méndez en el informe de la CIA, no se hubiera podido realizar un filme de acción y aventura tan bien logrado y que cumpliera con las fórmulas de Hollywood. La única pregunta que cabe hacerse entonces es: ¿Qué tanto del suspenso se hubiera logrado en Argo si se le hubiese advertido honestamente al público que esta es una versión “libre” —demasiado libre— de los hechos?
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