'The Revenant': un western épico y místico

Posiblemente, el mejor film del director Alejandro González Iñárritu.

DIRECTOR: Alejandro G. Iñárritu
GUIÓN: Mark L. Smith, Alejandro G. Iñárritu
ELENCO: Leonardo DiCaprio (Hugh Glass), Tom Hardy (John Fitzgerald), Domhnall Gleeson (Andrew Henry), Will Poulter (Jim Bridger) y Forrest Goodluck (Hawk)
DURACIÓN: 156 minutos

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Leonardo DiCaprio en una escena de la película The Revenant

Leonardo DiCaprio en una escena de 'The Revenant'. — Cortesía Twentieth Century Fox

Brutal. Realista hasta la médula. Conmovedora al sugerir que el hombre es capaz de actuar con compasión y generosidad cuando menos se lo espera. La nueva película del aclamado director mexicano Alejandro González Iñárritu, The Revenant, es un western épico y místico, oscuro y profundamente humanista a la vez. Por méritos técnicos y narrativos, posiblemente sea el mejor momento en la ecléctica filmografía de Iñárritu, un antídoto para los que pensaron que su anterior Birdman —ganadora del Oscar a la mejor película— era, quizás, algo pretenciosa.

Esta vez, la sátira existencialista de Birdman es reemplazada por una mirada implacable. The Revenant planta bandera desde su secuencia inicial, cuando un grupo de cazadores de pieles es atacado por los indios Arikara a orillas del río Misuri. El año es 1823. Sin regodearse en la carnicería, las imágenes asaltan los sentidos plasmando la violencia con una crudeza casi gélida, como si se tratara de un documental. La iluminación, que se apoya exclusivamente en fuentes naturales, genera un sensación de presencia absoluta: como si estuviéramos ahí, observándolo todo sin poder hacer nada. Esta modalidad continúa a través de toda la película, creando intensos lazos emocionales con sus personajes.

El punto de partida es una novela del escritor Michael Punke publicada en el 2002. Se basa en la historia verídica de Hugh Glass, cazador de pieles que fue atacado por un oso y abandonado a su suerte por los hombres encargados de cuidarlo. Milagrosamente, cuenta la leyenda, Glass sobrevivió para perseguir con ansias de venganza a los compañeros que lo traicionaron.

Los que hayan visto películas de Iñárritu como Amores perros o Babel sabrán que éste no es un narrador que se conforma con historias lineales. Sabiamente, Iñárritu aprovecha el majestuoso marco geográfico de su trama para explorar la relación del hombre con la naturaleza, y los extremos —tan cercanos a la locura— a los que puede llegar una persona en su afán por ganarle la partida a la muerte.

En el papel de Glass, hablando poco y sufriendo mucho, Leonardo DiCaprio presenta una de las mejores actuaciones de su carrera. Iñárritu le agrega sofisticación al personaje cambiando la historia original y decidiendo que Glass haya tenido una mujer india, asesinada por los colonos. Es también padre de un muchacho de raza mixta, que lo acompaña durante la primera parte de su odisea. Este joven, magistralmente interpretado por Forrest Goodluck, es mucho más vulnerable que su padre, débil en el arte de la belicosidad y traumatizado por los horrores del pasado. Es gracias a este contraste que el personaje de DiCaprio se convierte en un héroe con letras mayúsculas. Imposible no compenetrarse con su desventura.

Cuando Glass es atacado por una gigantesca osa parda que busca proteger a sus cachorros, la escena genera en el espectador una incómoda mezcla de regocijo y horror visceral. Indiscutiblemente, estos interminables minutos marcan un antes y un después para el cine de acción contemporáneo. Buscando una experiencia de inmersión absoluta, Iñárritu se niega a cortar la escena antes de tiempo. Por el contrario, la cámara se acerca, impasible, mientras el animal tritura, despedaza y hasta juguetea lentamente con el cuerpo de Glass. Los efectos especiales son inmejorables, pero no hay espacio para pensar en ellos. Son tan excelentes, justamente, que las imágenes parecen reales. Los espectadores de estómagos sensibles sufrirán, pero en esta obra, pareciera decir Iñárritu, el sufrimiento nunca llega en vano. Lo acompañan una cierta iluminación emocional, el descubrimiento de la esencia, las verdaderas virtudes y contradicciones agridulces de eso que llamamos la experiencia humana.

Dicho esto, The Revenant lejos está de ser una película perfecta. Sus 156 minutos pasan volando, quizás, pero cuando empieza el tercer acto y se acerca el enfrentamiento entre Glass y el responsable de su sufrimiento, la trama se queda sin vapor. El tan esperado duelo final tiñe la nieve de rojo profundo, color sangre, pero carece del brío y la magia que nos transportaron hasta allí.  

Mientras que todos los rubros técnicos, sin excepción, parecieran ser candidatos automáticos para el Oscar (especialmente la dirección de fotografía de Emmanuel ‘Chivo’ Lubezki y el diseño de producción de Jack Fisk), Iñárritu se toma ciertas libertades poéticas con su propio material. Incluye imágenes simbólicas, sueños y alucinaciones para enfatizar la relación de Glass con su familia india. A primera vista, estas pinceladas que parecen surgidas de una vieja película de Federico Fellini o Ingmar Bergman, son efectivas. Pero más allá de su impacto sensorial, sus símbolos son, en realidad, bastante pueriles, más cercanos a un estudiante de cine buscando evocar a los maestros del séptimo arte, que a un realizador maduro con lenguaje propio.

Lo que más emociona es la ambición de Iñárritu. Su necesidad de experimentar, su genuino deseo de romper con las convenciones y regalarnos emociones frescas. En una época de tanto efecto digital y exceso narrativo, The Revenant surge como una experiencia que nos remonta a las razones más primitivas por las que nos permitimos, vez tras vez, década tras década, dejarnos seducir por la magia del cine.

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