‘Paterson’: Casa de muñecas

Adam Driver en una cinta cuyas aspiraciones poéticas son solo eso.

DIRECTOR: Jim Jarmusch
GUION: Jim Jarmusch
ELENCO:
Adam Driver (Paterson), Golshifteh Farahani (Laura), Barry Shabaka Henley (Doc), Chasten Harmon (Marie), William Jackson Harper (Everett), Rizwan Manji (Donny)
DURACIÓN: 115 minutos 

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Exaltación de la medianía. Como el tiempo de otoño en el que se ubica, Paterson no da ni frío ni calor. Del Estados Unidos bizarro visto en blanco y negro por un extranjero del largometraje Stranger Than Paradise (1984) — que lanzó a la fama a Jim Jarmusch— a la visión conformista y anodina de Paterson, hay no solo tres décadas sino años luz de distancia. La película abarca una semana, de lunes a domingo, en la plácida existencia de un chofer de transporte público y su supuesto mérito es retratar “la poesía de lo cotidiano”.

El juego de alusiones poéticas comienza desde la elección del protagonista, Adam Driver, quien, como su apellido lo indica, es un ‘driver’ (chofer) que se llama Paterson y que vive en esa ciudad homónima de Nueva Jersey. El susodicho se levanta todos los días a las 6:12 de la mañana en punto (sin necesidad de despertador), se despide de su cariñosa mujer, Laura, y se dirige a su trabajo. Mientras reparte pasajeros y escucha sus conversaciones, Paterson va escribiendo versos en su mente.

Adam Driver y Golshifteh Farahani en una escena de la película Paterson

Adam Driver y Golshifteh Farahani en una escena de 'Paterson' — Mary Cybulski / Amazon Studios & Bleecker Street

Como los versos, todo es armonía en su vida. En la tarde regresa satisfecho a su pintoresca casita donde lo esperan, siempre amorosos, Laura y el perrito, Marvin. Paterson le pone la correa y lo saca a pasear. De paso, se detiene a tomar una cerveza en el amigable barrio del lugar. No hay ningún contratiempo, ninguna palabra fuera de lugar; nada que indique que hay una realidad afuera de su propia rutina. No hay asomo de drama, ni siquiera de humor. Hay pequeños gags visuales como la aparición de diferentes gemelos que nos recuerdan la repetición que es parte del lenguaje poético. La idea, al parecer, es que veamos este ritmo de cosas como la cadencia repetitiva de un verso.

Aunque situada en el presente, todo en Paterson, desde la estética hasta la forma de vida, nos remite a los años 50. No a los reales de la segregación racial, sino a los que retrataban el cine y televisión de la época. Suficiente se ha dicho acerca del horror que podía ocultarse detrás de esos suburbios de prados verdes y rejas blancas como para que se pueda uno tomar en serio la visión idílica de Paterson, fuera de una nostalgia estética. Consciente de que ese retrato de perfección solo mostraba una cara de la población, Jarmusch incluye a algunos personajes afroamericanos unidimensionales que solo sirven de comparsa en el bar al que acude todas las noches Paterson.

De Paterson era también el poeta William Carlos Williams, a quien el filme pretende homenajear. Para Williams, todo evento cotidiano era buen material para la poesía; y, en su caso, el resultado era extraordinario. Pero hay una diferencia entre crear grandes cosas inspirado por las pequeñas, y crear cosas del mismo nivel de las que se observa. Los versos que supuestamente escribe Paterson son del poeta Ron Padgett y son tan poco espectaculares como la película. Tal vez es ese el sentido que quiere darle Jarmusch en una especie de rebelión contra el éxito, la fama y lo sobresaliente. ¿Quién sabe?

Lo que sí es cierto es que desde sus inicios, Jarmusch le ha dado a la locación de sus historias un significado particular. Como pocos, Jarmusch ha incorporado orgánicamente el entorno, dándole el sentido que le daban los romanos, el genius locus (genio del lugar). Por eso resulta sorprendente ver cómo se ha transformado tan radicalmente su perspectiva. Hay un lugar en particular que no se nos debe escapar al observar la película: el de la mujer. Mientras que está muy bien que Paterson ande por la vida manejando su autobús, paseando al perro o tomándose una cerveza en el bar todas las noches, el lugar de su compañera es en casita, donde desahoga cualquier inclinación artística horneando pasteles o diseñando cortinas y cojines, siempre en patrones de blanco y negro. El confortable hogar de la pareja —que bien pagados han de estar los choferes en New Jersey— es una auténtica casa de muñecas, como la representara el dramaturgo noruego Henryk Ibsen en el siglo XIX.

Decía el poeta mexicano Octavio Paz (premio Nobel de literatura, 1990), refiriéndose al talento de un colega, que había una diferencia entre tener ideas y tener “ocurrencias”. Hay también una diferencia entre que Paterson se precie de ser poética porque el protagonista escribe versos y que la película lo sea. Paterson es sólo un juego ingenioso, un guiño a las convenciones de la poesía impregnado por una visión no nostálgica sino anticuada de un pasado que además nunca existió.

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