‘Neruda’: Divinas palabras

Gael García Bernal encarna al detective que persigue al poeta chileno.

Escena de la película Neruda

Luis Gnecco en el papel de Pablo Neruda. — The Orchard/courtesy Everett Collection

DIRECTOR: Pablo Larraín

GUION: Guillermo Calderón

ELENCO: Gael García Bernal, Alfredo Castro, Luis Gnecco y Mercedes Morán

DURACIÓN: 108 minutos

 

La sola mención de Neruda evoca un universo de poesía, idealismo y canto a la libertad. Pero el Pablo Neruda que nos presenta Pablo Larraín no es ni el poeta, ni el luchador social; ni siquiera el político. Es una idea, un concepto, una figura en un tablero ideológico. La diferencia entre este y el resto de sus cerebrales filmes, es que con Neruda el director chileno parece divertirse. Larraín no toma en serio el enorme peso del futuro premio Nobel de literatura; más bien juguetea con él como un gato con un ratón, como lo hace el mismo detective encargado de atraparlo, tema central de la historia.

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El carácter lúdico se hace manifiesto desde la primera secuencia. Es 1948. El aclamado poeta y senador por el partido Comunista, Pablo Neruda (Luis Gnecco) camina entre los pilares de mármol del imponente edificio del Congreso chileno; es aclamado a su paso y capturado por las cámaras. Él sonríe y saluda mientras se dirige… al baño. Mientras orina, varios de sus colegas, que también están ahí departiendo alegremente, lo increpan; le reclaman las duras palabra que usó públicamente en contra del presidente Gabriel González Videla. Pero no hay nada amenazante en sus acusaciones; los intercambios son ingeniosos juegos verbales a los que Neruda responde en especie. Todos ríen. Está claro que el poeta e hijo de obrero de ferrocarriles está ahora entre pares. El surreal escenario subrayado por el tinte sepia de la imagen y la cámara que sigue la actividad como si fuera un partícipe más, señala unívocamente la cercanía con el poder que había alcanzado quien siempre lo denunció. La siguiente secuencia confirma que Neruda transita cómodamente por los lujosos pasillos del poder, de esa burguesía a la que atacaba desde la oposición. En una fastuosa fiesta de disfraces en su lujosa casa, Neruda brinda con champagne y recita sus poemas para beneplácito de los invitados.

Pero no es él quien narra la historia sino Óscar Peluchonneau (García Bernal), el prefecto de la policía a quien el mismo presidente González Videla (Alfredo Castro), le encarga que persiga a Neruda. Se le amenaza con quitarle el fuero para que pueda ir a la cárcel y pagar por su insubordinación al gobierno. González Videla acaba de aprobar una ley declarando ilegal al partido Comunista, el mismo que dos años antes lo ayudó a llegar al poder. Peluchonneau es un personaje salido de una farsa. Recibe la enmienda —nos lo dice él mismo pomposamente en voz en off— como si hubiera sido asignado a la conquista de Egipto. Peluchonneau conoce de la importancia de Neruda; él mismo se clasifica como una especie de artista. En el mediocre policía está refractada la imagen siniestra del nuevo escenario político que se apodera a pasos agigantados de la realidad chilena.

Peluchonneau es un invento tan genial como el personaje de la novela de Alberto Moravia El conformista. Es el hombre mediocre y resentido al que la retórica populista ensalza como vigilante heroico de los valores supremos del “pueblo”. Peluchonneau confunde el uniforme con su propia importancia. Capturar a Neruda sería rozarse con la historia, elevarse por encima de ese engranaje de la masa exaltada por el fascismo. Aunque supuestamente persigue a Neruda, el detective no busca sino esconde sus propias limitaciones. Su delirio de grandeza es equiparable a sus torpes intentos por atrapar al poeta. Peluchonneau se tropieza sobre sus propios pasos, que no lo llevan más que a dar una vuelta en círculo. Pero Neruda también se engaña; toma la amenaza que se cierne sobre él (y sobre su país), a la ligera. Lo peor es que con la ayuda de sus múltiples amigos, logra vivir dentro de la clandestinidad manteniendo el confortable estilo de vida al que se había acostumbrado.

Siempre hay un momento en las películas de Pablo Larraín que apuntan directamente al universo de significado que solo se sugiere en el resto de la trama. Ese momento en Neruda ocurre cuando el poeta, acudiendo a una reunión clandestina del partido Comunista, departe alegremente con sus correligionarios, haciendo dos de sus actividades preferidas: comer y brindar. En esas está cuando se le acerca Silvia, una humilde militante. Ya medio borracha Silvia le pregunta: “Cuándo llegue el comunismo, ¿todos vamos a ser como usted o vamos a ser como yo, que he limpiado los baños de los burgueses desde que tengo 11 años?” Al final esa es la gran pregunta que define a la cinta: ¿qué tan cerca están los mundos de Peluchonneau, hijo de una prostituta que encuentra en el fascismo su respuesta, y de Silvia, una sirvienta que la hace en el comunismo, del poeta? Ese es finalmente el cuestionamiento implícito de Neruda: la enorme distancia que hay entre las hermosas palabras y la realidad de aquellos a quienes están dirigidas, y a quienes pretenden “salvar”. Es por eso que el detective nunca podrá alcanzar a su presa.

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