‘The Girl on the Train’, detective de su propia vida

Emily Blunt descubre una realidad engañosa.


DIRECTOR:
Tate Taylor
GUION: Erin Cressida Wilson (basado en la novela homónima de Paula Hawkins)
ELENCO:
Emily Blunt, Haley Bennett, Rebecca Ferguson, Justin Theroux, Luke Evans, Édgar Ramírez, Laura Prepon, Allison Janney, Darren Goldstein y Lisa Kudrow
DURACIÓN: 112 minutos

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Vista en su nivel más elemental y pedestre, The Girl on the Train cumple bien su cometido durante casi todo el trayecto hasta que, arribando a su destino, las limitaciones del director se hacen patentes. En manos de un gran director la historia podía haberse elevado del material común de su proveniencia (el best seller de Paula Hawkins); en manos de Tate Taylor, nunca deja la estación. Es decir, a nivel anecdótico, la trama es muy buena, pero el universo de implicaciones psicológicas que alguien de la talla de un Alfred Hitchcock hubiera podido aprovechar, se quedan sin explorar. Pero si hemos de compararla con otra que está en la misma liga, The Girl on the Train (tanto el libro como el filme) es mucho mejor que sus equivalentes en la sobrevalorada Gone Girl.

Rachel Watson (Emily Blunt) toma el tren todos los días de la estación Ardsley-on-Hudson a su trabajo en una firma de publicidad en Manhattan. En su recorrido pasa por una idílica comunidad de clase media alta donde su mirada se detiene siempre una pareja que parece vivir una vida “dorada”. La propia infelicidad de Rachel le hace sentir más agudamente el aparente romance perfecto que viven los jóvenes y bellos sujetos interpretados por Haley Bennett y Luke Evans. Desde la primera secuencia se nos hace saber que Rachel trata de acallar con alcohol el dolor no superado de su propio divorcio. A menudo vemos a Rachel fuera de foco a través de la ventana. Para empezar, hubiera sido mejor que no se nos revelara tan pronto las limitaciones como testigo de Rachel. Eso era el punto más interesante del libro de Hawkins: un narrador en el que automáticamente confiamos y que solo poco a poco se nos empieza a revelar como alguien cuya visión de los hechos podría estar siendo afectada por su alcoholismo y amargura.

Emily Blunt en una escena de la película The Girl on the Train

Emily Blunt protagoniza 'The Girl on the Train'. — Universal Pictures/Cortesía Everett Collection

Rachel, convencida de que, a diferencia de ella, otras mujeres sí pueden encontrar la felicidad perfecta, descubre que la mujer de la pareja que observa está abrazando a otro hombre. Embriagada como se encuentra, decide bajarse del tren dispuesta a reclamarle a la muchacha su infidelidad. La escena ha despertado en Rachel la revelación de que la ruptura de su matrimonio le ha dejado sobre todo una rabia infinita. Las cosas se complican cuando al otro día —sin Rachel recordar lo que ocurrió el día anterior, como a menudo le pasa cuando pierde la conciencia por el alcohol— las noticias anuncian la desaparición de Megan Hipwell (la bella muchacha), y Rachel es una de las principales sospechosas. La búsqueda de Megan se vuelve en una obsesión para Rachel, quien además se tiene que convertir en el detective de su propia historia, una angustia común entre aquellos que pierden la memoria de tramos completos de su vida por el alcohol.

Hasta aquí, el asunto daba para un filme fascinante. El problema es que la trama se empieza a enredar demasiado con la inclusión del ex marido de Rachel, Tom (Justin Theroux) y su nueva esposa, Anna (Rebecca Ferguson), que da la —extraordinaria— casualidad, son vecinos justamente del matrimonio Hipwell. Para acabar de enturbiar el asunto, la narrativa cambia de punto de vista de Rachel, a Megan y a Anna. Además se le agrega el elemento de un psiquiatra (el venezolano Édgar Ramírez), que es el hombre con quien se estaba besando Megan antes de desaparecer. Lo inverosímil de la historia hubiese sido lo de menos si un director como Alfred Hitchcock lo hubiera presentado como parte natural de una realidad falseada por el vidrio distorsionador de nuestras emociones. Y es en esa insistencia en anclarse en lo literal lo que limita los alcances de The Girl on the Train.

Hay una veta aún más lamentable que Taylor tampoco alcanza a explorar y que es más adecuada a nuestros tiempos: Rachel “asomándose” de pasada en la vida de otros es lo que hacemos cuando utilizamos redes sociales como Facebook. La realidad que alcanzamos a avizorar en esta forma virtual es tan engañosa como los perfiles que ingeniamos para mostrar nuestra mejor “fachada”.

Por último, para ubicar a The Girl on the Train en su justa dimensión, valdría la pena recordar cómo otras películas han aprovechado el recurso del tren como una autorreflexión del cine como una ventana a nuestras aspiraciones y deseos; o como vehículo de movilidad social. En Possessed (Dir. Clarence Brown), el paso de un lujoso vagón por un humilde pueblo en Pennsylvania despierta en una obrera (Joan Crawford) la ambición de salir de la “estación” de miseria en la que la colocó la vida. Contrastada con esa historia de 1931, es interesante “leer el discurso” que nos está presentando The Girl on the Train casi un siglo después. La protagonista ya va subida en el tren de la prosperidad a la que la llevó su propio trabajo (y no la prostitución como a Crawford), pero su viaje no la conduce a ningún lado y más bien añora la supuesta felicidad marital de las mujeres que siguen encerradas en sus casas.

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