'Son of Saul', odisea en Auschwitz

Un gesto de civilización en el abismo más profundo del holocausto.

DIRECTOR: László Nemes
GUIÓN: László Nemes y Clara Royer
ELENCO: Géza Röhrig, Levente Molnár, Urs Rechn, Todd Charmont, Jerzy Walczak, Sándor Zsótér, Marcin Czarnik y Amitai Kedar
DURACIÓN: 107 minutos

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Escena dela película Son of Saul

Escena de 'Son of Saul'. — Cortesía Sony Pictures Classics

Todo vestigio de civilización comienza con el respeto a los muertos. Desde los grabados en las cavernas paleolíticas en las que se honraba a los animales sacrificados, el rito mágico de devolver a la tierra lo que le pertenece, anuncia el declive de la barbarie. En la Grecia homérica, la ira de Aquiles presagia su caída al negarse a entregar el cuerpo de Héctor a sus dolientes. La cerebral cinta húngara Son of Saul —nominada al Oscar como mejor película extranjera— pretende rescatar el reducto sagrado de un entierro como gesto último de civilización en el abismo más profundo del holocausto. 

Ubicada en el campo de concentración de Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial, Son of Saul retrata como ninguna otra película las entrañas mismas del genocidio mostrándonos los detalles más nefastos en la infame tarea de disponer de los cadáveres que salen de las cámaras de gas. Saul es un prisionero húngaro que debe trabajar metiendo los cuerpos sin vida de sus correligionarios judíos en los hornos crematorios.

Toma un buen tiempo al espectador descubrir que este es el entorno de la historia ya que el director László Nemes arranca la película no con un “establishing shot” como dicta la narrativa tradicional, sino con una toma cerrada del protagonista y una cámara al hombro que lo sigue de cerca y no nos permite ver lo que ocurre a su alrededor. Es decir, en lugar de darnos el privilegiado punto de vista de un omnisciente observador, Nemes nos hunde con Saul en su dislocación. Además, no usa el foco profundo por lo cual tanto Saul como su entorno aparecen en un mismo plano, como si él y lo que lo rodea estuvieran condenados a una sola dimensión.  Esto crea un sentimiento de claustrofobia que arrastra al espectador al asfixiante ambiente de la prisión. De reojo alcanzamos a ver partes de los cadáveres, su mugre, sangre, orines y hasta el olor putrefacto que despiden.   

Nada apunta a que son seres humanos lo que estamos viendo; tanto Saul como los otros prisioneros-esclavos son uno con los restos de carne que mueven.  De repente, en medio de este horror monocromático, sucede algo excepcional. Milagrosamente, un niño sale aún con vida de la cámara de gas. En lugar de ayudarlo a reponerse, el guardia Nazi le da el “tiro de gracia” y lo asfixia. Esto sería un evento rutinario en Auschwitz de no ser porque capta la mirada de Saul. No es que alguien haya sobrevivido a la dosis mortífera de gas, sino que sea precisamente un niño. Una película convencional como Schindler’s List se detendría a establecer claramente que el foco de la atención de Saul adquiriera una dimensión excepcional; alguna señal de que es diferente por ser un símbolo de inocencia, quizás, pero el punto para Nemes es justo que no hay punto, que no hay una señal clara de porque Saul posa su mirada en ese hecho: escoge ese cuerpo porque sí. A partir de entonces su única motivación es darle un entierro religioso.

Podría parecer fácil, pero su misión es extremadamente peligrosa; primero, porque tiene que esconder el cadáver antes de que los Nazis lo obliguen a echarlo al horno; y segundo, porque necesita encontrar a un rabino entre los prisioneros para que lo haga según el rito judío. Su determinación lo lleva a correr riesgos escalofriantes. Sus mismos compañeros ven su empeño como una hazaña absurda e inútil; el niño ya está muerto, después de todo. El punto de Son of Saul es que, en medio de una barbarie demencial, de un universo sin sentido, de un mundo sin el menor referente que apunte a lo excepcional como la ruta a seguir, solo el hombre puede rescatar para sí mismo y contra toda lógica el valor oculto y sagrado de las cosas.

Son of Saul va a contracorriente no solo de nuestras nociones convencionales del cine, sino del arte mismo. Así como en la barbarie en la que está hundido Saul no hay momento mágico de iluminación, no hay la rareza excepcional que apunte a otra dimensión, Nemes nos niega la consolación del arte que singulariza la experiencia dándole un toque especial. Lo único que vemos es un retrato sin concesiones de la vida misma; una visión brutal que solo se puede aprehender intelectualmente: un experimento brillante en su ejecución, pero carente de emoción. La pregunta es si la renuencia del director a dotar a la película de un mínimo sentido mítico no refuta la hazaña misma del protagonista de darle valor a algo que de otra manera queda como un gesto totalmente vacío.    

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