‘Jackie’: El artificio de un artificio

Natalie Portman estelariza la primera película en inglés del chileno Pablo Larraín.


DIRECTOR:
Pablo Larraín
GUION: Noah Oppenheim
ELENCO:
Natalie Portman (Jackie Kennedy), Peter Sarsgaard (Bobby Kennedy), Greta Gerwig (Nancy Tuckerman), Billy Crudup (periodista), John Hurt (sacerdote), Caspar Phillipson (        John Fitzgerald Kennedy), Beth Grant (Lady Bird Johnson) y John Carroll Lynch (Lyndon B Johnson)
DURACIÓN: 100 minutos

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En sus mejores películas el director chileno Pablo Larraín logra retratar refractariamente un amplio contexto histórico siguiendo a un solo individuo. Los torcidos protagonistas de Post Mortem y Tony Manero, por ejemplo, son prismas que reflejan el universo de maldad de la dictadura de Augusto Pinochet. De El Club y hasta de Neruda, se podría decir lo mismo. En Jackie, Larraín parece haber intentado hacer algo similar, pero al revés: a partir de un minucioso escrutinio de la ex primera dama, desmantelar la realidad ampliada y simbólica del asesinato de John F. Kennedy y su legado. Al final lo único que descubrimos es el eco de un artificio que la misma Jackie contribuyó a crear.

La historia se ubica durante y después de ese fatídico 22 de noviembre de 1963. Hay también flashbacks de algunos momentos clave en la presidencia de Kennedy. El marco que da pie a los recuerdos de Jackie, es una entrevista que concedió a la revista Life semanas después del asesinato de su marido. Desde que el periodista llega a su casa en Hyannis Port, la viuda le hace saber que ella decidirá lo que se podrá incluir en el reportaje final. “Solo en caso de que diga algo que realmente no quiero decir”, le dice. “A veces me cuesta distinguir entre las apariencias y la realidad”. En cierto sentido, esta es la idea central de la película.

Natalie Portman como Jackeline Kennedy Onnassis en la película Jackie

Natalie Portman interpreta a Jackeline Kennedy Onassis en la película 'Jackie'. — Fox Searchlight/Cortesía Everett Collection

Además de la muerte de Kennedy en Dallas, recreada en escabroso detalle, Jackie presenta imágenes reales del famoso documental A Tour of the White House realizado por la cadena CBS en 1961. Vemos en blanco y negro a la “verdadera” Jackie Kennedy recorriendo cada habitación y hablando de lo importante que era crear un marco digno para los tesoros históricos almacenados en la residencia del presidente. El documental fue parte de una estrategia para acallar las críticas que Jackie había recibido por la fortuna que se gastó en redecorar la Casa Blanca. Desde el famoso debate televisado entre los dos candidatos a la presidencia de Estados Unidos, el propio Kennedy y Richard Nixon, quedó demostrado que un buen manejo de los medios electrónicos seria indispensable para triunfar en la política.

La inclusión del documental es una de las claves para entender a qué le apostaba Larraín con la película. El tour por la Casa Blanca es una simulación donde Jackie interpreta a una anfitriona que invita al pueblo estadounidense al interior de su casa para que se sienta partícipe de los beneficios de un gasto que parecía excesivo. Tanto Jackie como la decoración y los exquisitos adornos, se convierten en las piezas de un decorado perfecto, una fachada impecable. Se sabe de sobra que el matrimonio distaba mucho de ser lo feliz que aparentaba, pero Larraín no se mete en esos recovecos. Jackie “actúa” su vida, como Natalie Portman actúa a Jackie. La caracterización de la actriz es deliberadamente meticulosa, exagerada, falsa. El cuidadoso esfuerzo que hace el personaje Jackie por pronunciar cada palabra, se vuelve idéntico al que hace la actriz Natalie Portman por imitar su forma de hablar. Ambas se vuelven indistinguibles. Y ese es precisamente el punto de la película.

Jackie no es el escrutinio de la intimidad de la ex primera dama, si no una reflexión visual sobre la mujer a quien le tocó interpretar un papel en la historia. Larraín juega con la confusión entre realidad e imagen; una confusión que ni siquiera la misma Jackie parece discernir. Ni en “público” ni en “privado” se nos permite ver al ser humano. Solo las notas discordantes de la banda sonora de Mica Levi apuntan a la turbulencia interna que tenía que sentir alguien que recién hubiera pasado por la traumática experiencia de ver a su marido asesinado; perder en un solo día al padre de sus hijos, posición—e identidad. Una de las secuencias finales es emblemática de la historia. Jackie ya ha dejado la Casa Blanca y viajando en auto observa el aparador de una tienda por departamentos donde se exhiben varios maniquíes que son una copia de su figura, peinado y estilo. Es decir, su esfuerzo por “vender” una imagen resultó exitoso.

Y así como el público nunca pudo ver otra cosa que a una mujer perfectamente bien vestida, maquillada y en control, tampoco Larraín nos ofrece otra cosa. Como idea y como concepto no está mal, pero solo funciona a nivel intelectual y se necesita algo más para justificar casi dos horas de película. Al igual que en sus otras películas, Larraín pretende que el público “llene los huecos” proyectando sus propias impresiones del contexto histórico en el que transcurre la narrativa, pero eso no es suficiente en el caso de Jackie. Se sabe ya demasiado sobre su vida como para que podamos proyectar en un maniquí una carga específica, una versión unívoca de las muchas que tenemos de la ex primera dama y futura señora de Onassis. El resultado se siente tan artificial como la misma simulación que está en el corazón del argumento.

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