Esos excesos fueron los mismos que, según Julio César Chávez, le costaron su racha de victorias y su primera derrota, ante Frankie Randall, el 29 de enero de 1994.
“[Mi estilo de vida] le hizo guardar mucho rencor y lo separó de mí”, dice Chávez acerca de cómo ese período afectó su relación con su hijo mayor. “Pero yo ni cuenta me daba porque cuando estás en esos excesos, no crees que estás mal, sino que son los demás”.
Tras el revés ante Randall, Chávez dice que se preparó como nunca y cuatro meses después obtuvo la revancha al derrotar a quien calificó como su más difícil adversario. Sin embargo, dos años más tarde en 1996, comenzaría el largo y paulatino declive en el que se vio derrotado en dos ocasiones por Oscar De La Hoya y varios rivales más. El gran campeón se retiró definitivamente del cuadrilátero en septiembre del 2005, a los 43 años, tras perder por nocáut técnico ante Grover Wiley.
“Ese período me dolió mucho”, dice Julio hijo. “Ver las derrotas de mi padre fue muy triste, pero eso sirvió para hacerme más fuerte y para ser quien soy hoy”.
Es así como Junior vengaría a su padre dos años más tarde, al vencer a Wiley por nocáut en el tercer round.
Chávez padre asegura que finalmente es feliz y se siente sano gracias a su hijo Julio. “Julio fue quien me llevó, gracias a Dios, a un centro de rehabilitación y (…) puedo decir hoy que estoy recuperado”, dice Chávez, quien cumplió los 50 años el 12 de julio.
El legendario boxeador agrega que su mayor victoria es haber recuperado la relación y la confianza de su hijo.
“Ahora hablamos, hacemos chistes. Julio me pregunta qué pienso sobre su preparación y sus peleas. Ahora yo le puedo hablar y no como antes”, dice el padre. “Sabemos que eso ha quedado atrás y que ahora todo es diferente gracias a él”.
Recientemente incorporado al Salón de la Fama del Boxeo Internacional, Chávez es hoy un próspero empresario avecindado en México. Si bien ya no acapara la atención mediática de sus años de gloria, suele acompañar a Junior durante la preparación para sus peleas.
Callado y con esa intensa mirada que por 25 años le caracterizó entre las cuerdas, Chávez observa a su hijo desde una esquina del gimnasio. “Lo lleva en la sangre”, dice. “Tiene mis genes”.
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